sábado, 12 de septiembre de 2015

Mujeres de postal



Por muchos años la única tarea que desempeñaba una mujer era ser esposa y madre, ese ha sido el principal estereotipo que el movimiento feminista ha querido destruir, desarrollando otro incluso más demandante y exigente, el de la mujer trabajadora y exitosa, madre, deportista, guapa, ocupada de su familia, con conocimientos de nutrición y gastronomía; ese contra estereotipo visible en anuncios y programas de televisión es también una carga pesada.

Lucía Olivares.


Un joven estudiante de periodismo realizaba una entrevista vía telefónica a una investigadora de renombre que vive en la ciudad de México; ella le habló de su profesión, de los estudios recientes que había publicado, de los tres idiomas que domina - además del propio -, de su gusto por las artes que la había llevado a exponer su obra pictórica en una de las salas más importantes de la ciudad y como dato adicional, de su familia.
Sorprendido por la cantidad de actividades de aquella mujer y por la exigencia de las áreas en las que se desempeña, a Mario sólo le restó una pregunta: No entiendo, ¿Cómo le hace?
A lo que ella respondió: Siempre voy despeinada, como en tuppers y tengo ojeras; con una sonrisa en los labios que no se veía, pero se escuchaba.

Luego de esas declaraciones y el impacto que en él generaron, Mario decidió darle otro giro a su reportaje, hablar de las mujeres que trabajan, de su incursión en el ambiente laboral, los retos y el equilibrio entre la casa y la oficina.



Las mujeres que trabajan

En México, la participación económica de las mujeres – mayores de 15 años y con al menos un hijo – es de 44.1%, de las cuales casi el 98% combina el trabajo con el quehacer doméstico, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo.
Recientemente, el INEGI junto al Instituto Nacional de las Mujeres elaboraron la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo, la cual arrojó que las mujeres trabajan más que los hombres, dedicando cerca de 92 horas semanales al trabajo del mercado y del hogar.
Cifras de dicho sondeo apuntan que a partir de los 25 años las mujeres dedican más de 20 horas, en promedio a la semana, a las labores del hogar, que desde los doce años se aprenden como un requisito indispensable de la feminidad. No es casualidad que luego de la primera sopa de arroz exitosa algún miembro de la mesa exprese con orgullo la famosa frase: “Ya te puedes casar”; tampoco es casualidad que los niños jueguen con pelotas, carritos y pistolas de agua, mientras las niñas preparan un pastel en su cocinita o arrullan a un bebé en sus brazos.
Por muchos años la única tarea que desempeñaba una mujer era ser esposa y madre, ese ha sido el principal estereotipo que el movimiento feminista ha querido destruir, creando otro incluso más demandante y exigente, el de la mujer trabajadora y exitosa, madre, deportista, guapa, ocupada de su familia, con conocimientos de nutrición y gastronomía; ese contra estereotipo visible en anuncios y programas de televisión es también una carga pesada.



Retos de la mujer trabajadora

El principal reto al que se enfrenta la mujer profesionista es la coordinación entre el trabajo y la familia, sin embargo, esto no le corresponde únicamente a ella, sino también al gobierno y las empresas, que de acuerdo a las modificaciones de la Secretaría del Trabajo, deben ofrecer prestaciones laborales distintas como jornadas de trabajo más reducidas, horarios flexibles y permisos por maternidad, que ronda en las 12 semanas con goce de sueldo.
Otro desafío es incursionar en áreas donde una mujer no es bien recibida, a pesar de la supuesta apertura de la época. Según PageGroup la mayoría de las mujeres trabajadoras se ubican en el área de ventas y las profesiones más comunes del género (que además son las peor pagadas) son psicología, educación y enfermería, es decir, lo que ya se hacía en casa, los conocimientos básicos que un ama de casa pone en práctica con los miembros de su familia.
Los logros profesionales de una mujer, comúnmente se ven mermados por un tema sexista, que no es otra cosa más que un pensamiento medieval traído a la modernidad; ocurre en ambos casos, se critica la escalada laboral de una mujer dando por hecho que fue ayudada por un hombre, así como quien sube de nivel socioeconómico cuando contrae matrimonio. A la mujer - o entre mujeres - le cuesta aceptar que es capaz crecer por sí sola.



Rompiendo estereotipos

Fue hasta 1955 que la mujer mexicana pudo emitir su voto, esto es sin duda un fuerte parámetro para imaginar las limitaciones de género antes de esa fecha. Aquella que deseaba acercarse a la
ciencia o a la literatura, tenía, en cierta parte, que renunciar a su condición de mujer, como es el caso de Sor Juana Inés de la Cruz, que enamorada renunció al amor, con el afán de poseer un derecho humano: el conocimiento.
No genera extrañeza que Disney, la compañía divulgadora de los mayores referentes sexistas, haya incluido en su cartel de películas a una mujer valiente, aguerrida, ágil y sacrificada que tuvo que disfrazar su cuerpo para mostrar esas características que también son propias del género, pero que por mucho tiempo se anularon: Mulán, la única princesa que ha salvado a su príncipe. Esta leyenda china, surge a partir del poema de Guojian Chen “Balada de Mulán” que precisamente aboga por la igualdad de géneros. Cuando ves una pareja de liebres correr, ¿Quién podrá distinguir entre el macho y la hembra?



¿Y ella dónde?

La situación lejos de mejorar, cada día es más pretenciosa…
La mujer en sociedad debe estar en perfecta armonía con la belleza; son características distintas entre géneros lo que potencian su incursión o relevancia en un grupo, mientras en los hombres la posición económica es el principal factor, además de la “triple f” (feo, fuerte y formal), a la mujer le corresponde la “triple b” (buena, bonita y barata), que entre broma y broma describe a la dama idealizada de todos los tiempos.
Se habla de un descuido físico cuando ya no encuentras esos quince minutos extra para secarte el cabello y coordinar el barniz de las uñas con la ropa, o cuando tienes que cancelar la visita al ginecólogo y llevar a cuestas un problema de fertilidad; cuando intentando ser esa súper mujer de los anuncios de televisión, te quedas en la línea entre lo que “deberías y no deberías ser”.
Detrás de los escritorios de esas mujeres que trabajan por necesidades distintas, detrás de la figura exitosa o la dureza de un trato, hay una historia, donde persiste el miedo a las llamadas de la guardería y donde el horario de salida es en realidad el inicio de una nueva jornada.
Esas mujeres hermosas, que comen sano todos los días, que son directivas de una empresa, que llevan los tacones sin cansancio y el pelo perfectamente acomodado, no existen, como dijo Alma Delia Murillo, autora de “Las noches habitadas” durante la presentación de su libro en Torreón, y si existieran, eso sería una pesadilla.



A Mario se le fue el tiempo documentándose sobre su tema en un café internet a varias cuadras de su casa, salió cuestionándose cómo luciría su entrevistada más allá de la foto de estudio que aparece en internet cuando tecleas su nombre, cómo serían sus hijos, cómo sería su vida…

El joven regresó a casa pasadas las once de la noche; su mamá lo esperaba en la cocina, con el plato servido junto a una jarra de agua fresca. Mario se detuvo a mirarla con una sonrisa, despeinada, comiendo en un tupper y con ojeras.

miércoles, 15 de julio de 2015

Te quiero con la misma intensidad de mis disgustos

Te quiero con el mismo poder de mi mirada impregnándose en la tuya, tratando inútilmente de que leas mi mente y no mis ojos, no mi ceño, no mis labios apretándose uno con el otro.

Te quiero con la misma fuerza con que impulso mis palabras, no cuando despierto, ni cuando estoy a punto de dormir; te quiero con la fuerza de mis palabras cuando me sorprendo, cuando la rabia me ahoga, cuando la desesperación se apodera de mi cuerpo y ya no hay espacio para correr.

Te quiero con la misma intensidad de mis tristezas, cuando siento que el corazón se sale y no lo puedo detener. Te quiero en cada insomnio, en cada tiempo muerto y en esas pausas vivas.

Te quiero con la espontaneidad que me mete en problemas, que asusta, que envenena. Te quiero con la furia con que leo una noticia, con la impotencia de hacer sin resolver;  te quiero en los pensamientos fríos y templados; en las noches cortas, en los días difíciles; en la obscuridad de la incertidumbre y en la luz de los hallazgos.

Te quiero con la misma intensidad de mis disgustos; con la misma seguridad con que me paro de mesa cuando algo me molesta, con esas ganas de abofetear a quien insulta, a quien denigra, a quien sobaja. 
Y te extraño, te extraño cuando miro a la puerta y no estás, cuando busco entre las cortinas y no apareces, cuando digo tu nombre y no respondes, cuando no sé si estás o no estás.




Lucía Olivares.

@Olivareslucia

martes, 12 de mayo de 2015

La cultura de la clase mata la cultura del esfuerzo


Which is the fastest way to build a small fortune?  Starting for a large one.


El Mirreynato, es el nombre que el periodista Ricardo Raphael le dio al fenómeno que vive nuestro país, este momento en que las aspiraciones de crecimiento son, en su carácter más real, sueños. El mirrey es el joven que tiene asegurado su futuro, ¿Por qué? Porque sí,  ese fue el privilegio que obtuvo por el cambio de época.

“El Mirreynato es un régimen moral donde predominan la ostentación, la prepotencia, la impunidad, la corrupción, la discriminación, la desigualdad, el desprecio por la cultura del esfuerzo, el privilegio que otorgan las redes familiares y un pésimo funcionamiento del ascensor social” esto es lo que escribe Ricardo Raphael antes de dedicarle 10 páginas a hablar sobre Ostentación, esa forma tan vulgar y desmedida de exponer lo que tienes y lo que haces con lo que tienes. El gasto ostentoso no sirve para otra cosa que para obtener un lugar dentro de la parte más elevada de la pirámide: un señor le compra a su hija una bolsa Louis Vuitton aunque represente la mitad de su salario, sólo porque ese bolso le dará la oportunidad de conseguir marido de un extracto social privilegiado, una especie de inversión; jóvenes compran animales exóticos, coches que en la ciudad donde viven no pueden conducir o relojes que no usarán por la inseguridad. El objetivo de esos bienes no es más que impresionar a su círculo de amigos, eternizarse en redes sociales para luego ubicarse dentro de la élite.

¿Y las mirreinas? Este término no existe, porque la mujer no aparece en este libro a la par del hombre. La mujer en este régimen no es más que la acompañante del mirrey; estos jóvenes no buscan una pareja con atributos intelectuales, buscan alguien que, como un reloj o un coche, les represente únicamente miradas de envidia. El lema de la mujer en ese entorno bien podría ser “Calladita te ves más bonita”… pero eso sí, bien vestida.

Veremos a algunos divirtiéndose con el video de graduación del Instituto Cumbres México, podemos “no tomarlo tan en serio”, pero al escuchar a una niña decir que “daría lo que fuera por tener un novio así” preocupa que ellas y por supuesto sus familias realmente piensen que un joven misógino, prepotente, clasista y tonto representa un excelente partido, un modelo aspiracional; y que ese podrá ser el mayor logro de su hija: casarse con un hombre rico.  La hija de Roberto y Martha se casó “muy bien casada”… aunque sea presa de humillaciones y silencio por el resto de su vida, pero lo vale al reconocer que ya recorrió el mundo, sus hijos estudiarán en Europa y ella no tendrá que preocuparse por dinero jamás. “El matrimonio sigue siendo el principal instrumento de movilidad social con que cuentan las mujeres”.

Otro de los beneficios de un mirrey es la impunidad. El que roba una cartera de huevos es un ladrón y lo paga en prisión, el que roba millones de pesos es un representante nacional  y lo paga viviendo en las mejores zonas del país o del mundo. Hank González inmortalizó la frase “Un político pobre es un pobre político”, ahora simplemente un político pobre no es político.


Los Trabajadores
Mientras que el 93% de los mexicanos gana menos de 10 mil pesos, diputados y senadores tienen una dieta mensual de de 117 mil pesos. La productividad en nuestro país aumenta… los salarios no. La imagen de México en el extranjero es deplorable y la lista de candidatos parece un chiste mal contado, con personajes de la farándula postulándose como representantes nacionales y una ciudadanía tan desesperanzada y desconfiada de las instituciones que prefiere darle el voto a quien la hace reír en televisión. ¿Cómo repartirías 34 pesos para vivir al día? Ese es el ingreso de casi 36 millones de mexicanos. Aunado a eso, más de 31 millones de personas en nuestro país no están inscritas en ningún sistema de seguridad social.

Artículo 123 de la Constitución Mexicana:

Los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos.


El dinero dista mucho de los modales y la educación. Ricardo Raphael le dedica sus últimas páginas a este tema, a los resultados vergonzosos de la prueba PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes) en los que el estatus social no tiene ninguna injerencia. El resultado de quien paga 25 mil pesos mensuales o 500 bien podría ser el mismo.
Lo cierto es que México exhibe uno de los indicadores más bajos de correlación entre ingreso, educación y movilidad social.


El Mirreynato lo hemos creado todos, es un fenómeno que se extiende y rebasa todas las clases sociales; un modelo que hemos aceptado y adoptado, una devoción innecesaria a aquel que ya tenía la mesa puesta, una necesidad imperiosa de ser la perfecta esposa abnegada y la tolerancia a que te hagan sentir pequeño. Oscar Wilde decía que el único deber que tenemos con la historia es reescribirla; para algunos escribir ya es complicado, pero se hace, se dice y se vive así como lo vayas sintiendo, porque un Mirreynato avergüenza y no nos deja crecer. La corrupción de unos reduce las posibilidades de cada ciudadano para mejor su calidad de vida, según revelaron expertos del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, en su último reporte; la corrupción e impunidad de una minoría mantiene pobres a 55.3 millones de mexicanos



Datos de desolación:
  • -          De acuerdo con el Reporte sobre la Discriminación en México 2012, 8 de cada 10 delitos cometidos en el país no se denuncian ante la autoridad.
  • -          Según la falaz norma mexicana, 9 de cada 10 pesos gastados por los participantes en las elecciones se paga con dinero del contribuyente, pero esa verdad nada tiene que ver con la realidad.
  • -          De los 27 millones de mujeres que son madres, 53% no cuentan con seguro social y 8 millones no tienen una pareja que las acompañe en la responsabilidad de los hijos.
  • -          El riesgo de que un niño indígena muera en México por diarrea, desnutrición o anemia es 3 veces mayor que el prevaleciente entre las personas no indígenas.
  • -          El Reporte “Gobernar para las élites” dice que el 1% más rico de la población mundial ostenta una riqueza 65 veces mayor a la que posee la mitad de la población de la Tierra.
  • -          En promedio, los casi 36 millones de individuos condenados a la parte baja de la pirámide cuentan con 34 pesos de ingreso cotidiana para enfrentar mal sus carencias.
  • -          En México una familia cuenta con ingresos de 2.5 millones de pesos y otra con 2300 pesos mensuales.
  • -          En México más de 31 millones de personas no están inscritas en ningún sistema de seguridad social.
  • -          62% de la población trabajadora mexicana se encuentra en la informalidad.
  • -          8 de cada 10 mexicanos jamás podrían hacer turismo siquiera en los hoteles de Cancún, y mucho menos en Los Cabos.
  • -          México exhibe uno de los indicadores más bajos de correlación entre ingreso, educación y movilidad social.


Antes de abrir la boca para decir naco, gato, asalariado, jodido, godín, achichincle; el mirrey debería detenerse a pensar cuánto ganaría sin la fortuna de papá.

“Si yo levanto la ceja y hablo con repugnancia de tu vida es porque en algún lugar temo que tu circunstancia termine siendo la mía”.



Lucía Olivares
@Olivareslucia


sábado, 2 de mayo de 2015

Comes santos y cagas diablos


La Sociedad de la Incongruencia.

Esta es una sociedad enredosa que quiere aparentar lo que no es.

En septiembre de 2014, el estado de Coahuila aprobó los matrimonios entre personas del mismo sexo; con eso se podría pensar que somos una sociedad incluyente, que se rige por el respeto, que no señala y que por lo tanto está preparado para ver a dos hombres o dos mujeres que se aman formar una familia.
Los jóvenes somos tan abiertos e incluyentes, que adoptamos las actualizaciones globales, contando con una diversidad de emojis para expresar sentimientos en distintas tonalidades de piel o en composiciones familiares “no tradicionales”.
Sí, somos una sociedad ejemplo… somos esa sociedad que escribe en Facebook “frases matonas” o de vaga superación personal, somos esa sociedad que publica “Antes de criticar la vida del otro, primero mira la tuya”, “Vive este día como si fuera el último”. Vivimos bajo esa insignia, nos sentimos un rosal, pero por dentro tenemos las hojas secas.

Somos un estado que aprueba los matrimonios entre personas del mismo sexo, pero aún no estamos preparados para ver a una pareja homosexual caminar con dignidad frente a la gente; no estamos preparados tampoco para convivir con personas que no viven y que no piensan igual que nosotros.
Hemos dado pasos agigantados, cuando aún nos llenamos la boca de calificativos, que más allá de calificar, ofenden: joto, puta, zorra, naco, gato, jodido, mandilón, puto.
Qué difícil es en estos tiempos actuar con congruencia… es difícil porque la gente tampoco está preparada para eso, porque no nos gusta escuchar la verdad, porque hacemos preguntas esperando recibir mentiras, porque preguntamos si nos vemos bien para recibir un halago, no una crítica.

No somos una sociedad incluyente, somos una sociedad que juzga, que califica, que siempre está más al pendiente la de vida de otros que de la vida misma.
Aún no estamos preparados para aceptar la homosexualidad en nuestros círculos cercanos, aún no estamos preparados para aceptar la soltería, ni a las madres solteras; no estamos preparados para la unión libre, ni para la mujer como jefa del hogar.
Somos una sociedad que atiborra las redes sociales de indignación por lo que ocurre en nuestro país, pero no salimos a votar. Somos una sociedad que le “preocupa” la pobreza de la gente, pero no somos capaces de deshacernos ni de UN PESO para dárselo a alguien más. Somos una sociedad que se escandaliza por las estadísticas de la educación en México, pero nos da flojera leer.

Somos como esas señoras que van todos los días a misa, pero no le hablan a sus hijos.

Si nos respetáramos todos un poquito más, viviríamos en un lugar mejor.





Lucía Olivares.
@Olivareslucia

lunes, 16 de marzo de 2015

La guerrera que no quiso ser princesa



         Érase una vez una guerrera que vivía junto a cientos de hombres y mujeres que luchaban por causas distintas para servir a la nación. Ahí todos luchaban por igual. A pesar de vivir a merced de las inclemencias del tiempo, la incomodidad de una habitación compartida y la comida tibia – cuando había tiempo para comer -  Carolina, la guerrera de quien les hablo, poseía la maravillosa oportunidad de ver el Sol al despertar y correr, recorrer el campo, empaparse de sudor, de agua o de lo que fuere; podía ensuciarse jugando con lodo acompañada de sus amigos, podía dormir sobre el pasto, podía gritar lo que quisiera, podía hablar con quien se le pusiera en frente, podía ser, a pesar del frío y del calor, a pesar de la escasez, del día o la noche, a pesar de los deberes, a pesar de la distancia. Era ella
.
Carolina se despertaba todas las mañanas muy temprano, lo primero que hacía era ver el Sol, luego se preparaba para ayudar a las comunidades más afectadas por los desastres naturales que azotaban su país. Cambiaba de destino con frecuencia y tenía poco tiempo para ver a sus padres. Había tomado esa decisión luego de que se vio imposibilitada para estudiar medicina y su afán por ayudar a los demás se esclareció luego de una convocatoria para formar grupos de ayuda; se reunían enfermero(a)s, psicólogo(a)s, cuentistas, abogado(a)s, personas, simplemente personas dispuestas a regalar su tiempo y atenciones a quien en ese momento no la está pasando bien.

Habían pasado dos años desde que Carolina deambulaba por distintas comunidades sirviendo al prójimo, viendo el Sol de distintos ángulos, empapándose de agua distinta, reposando sobre césped húmedo y seco,  conociendo rostros y escuchando historias. Pero un día, acostada debajo de un árbol robusto y hermoso, comenzó a cuestionarse el sentido de su vida, ¿vagaría por el mundo sin hogar, sin que su dinero pudiera materializarse en algo que los humanos “necesitan”?. Carolina sacó de su bolso una hoja con uno de sus dibujos de niña: Una princesa, un príncipe y un castillo… ese era el sueño de Caro, antes de que se le metiera a la cabeza estudiar medicina y ayudar a los demás a “vivir mejor”. No había sido un día fácil y en sueños comenzó a imaginar su vida con un rumbo distinto:

En ese momento, ahí recostada bajo un hermoso roble, un apuesto (o espantoso, ¡total! en términos de riqueza no es un factor importante) príncipe la tomaba de la mano y le decía “Eres hermosa. Vente conmigo, tendrás lujos, sirvientes, amor. Conmigo no te faltará nada y serás muy feliz”; entonces Carolina entusiasmada tomó la mano tersa de ese joven que sólo conocía el dolor de muelas y los raspones al subir y bajar del caballo; subió y anduvo rumbo a un destino incierto pero decoroso, ambicioso y esperanzador.
Llegaron… en el recibidor del castillo se encontraba la familia del príncipe, amigos y parientes, para observarla, analizarla y clasificarla de manera inmediata. Carolina sintió las miradas y no hizo más que sonreír. Su vestido era bonito, pero tenía usuales manchas verdes por el pasto y un poquito de lodo en los zapatos. Le pidieron que se cambiara y se lavara las manos.
Carolina se convirtió en una princesa hermosa, de esas de en sueño. A veces extrañaba salir por las mañanas a ver el Sol, extrañaba también jugar con agua y lodo junto a sus amigos, extrañaba caminar por placer y sin prisa, extrañaba tomar por colchón los jardines y gritar, porque al parecer, una de las características de las princesas era permanecer callada. Hasta el momento nadie le había impedido escribir.
Un día le pidió casi de rodillas a su esposo, el príncipe Arturo, que salieran a dar un paseo por el pueblo, quería ver gente de verdad, quería respirar distinto, y después de semanas de súplica el príncipe le concedió ese deseo a su adorada princesa. El paseo no era lo que ella esperaba, a sus espaldas iba el resto de la familia y toda la guardia de seguridad.
Carolina vio que una niña lloraba al tiempo que intentaba gritar que estaba perdida, no encontraba a su mamá; entonces, la princesa se separó del camino y tomó a la niña entre sus brazos, en ese instante le pidieron que la soltara y que irían inmediatamente de regreso a casa. Ella no sabía lo que ocurría.
“Una princesa no puede conversar con quien se le ponga en frente. Una princesa es princesa y nada más” le dijeron en tono de lección y castigo.
Carolina corrió a su habitación y frente al espejo se despojó de sus joyas, los zapatos con suela intacta, se quitó el incómodo vestido y dejó la corona en el suelo.

Carolina, ¡despierta! Gritó uno de sus compañeros.
Ella abrió los ojos y Sol le daba los buenos días como siempre.




















Extracto del libro "El Mirreynato" de Ricardo Raphael

Lucía Olivares
@Olivareslucia

sábado, 7 de marzo de 2015

Historia de Mujer


     Este viernes, en el noticiero que conduzco junto a Israel Castillo “El Exacto” hicimos una pregunta acerca de la igualdad entre hombres y mujeres. Casualmente todas las respuestas venían de hombres; el primero respondió que sí, el segundo criticó a aquellas que no se dan a respetar o que se llenan la boca con groserías, y la tercera nos relató una historia… él tiene 3 hijos, dos con su primer esposa y uno con su pareja actual, dice que el 30% de su sueldo (lo que marca la ley) se lo tiene que dar a la mamá de sus dos hijos y que gracias a ello no puede darle la vida que quisiera a su esposa y su hijo actual.
A la persona que respondió que sí, ahora desde una postura distinta a quien dice Soy Lucía Olivares y nos escuchamos… mañana le pido que reflexione si la igualdad de género existe. Eduardo Galeano ya lo exponía en su texto “Si él hubiera nacido mujer”, aquellas que nacieron en siglos anteriores no concebían que el sexo pudiera producir algo más que hijos, cuando para los varones representa únicamente placer. Que una mujer por más brillante y talentosa que sea siempre será opacada por su género, porque sus compromisos maritales y maternales le restarán en algún momento, o bien, tendrá que elegir entre su profesión y su vida, arrancándose con esto un poco de vida… o mucha. Y los hombres no. Los hombres tan sólo elegirán una mujer “maravillosa”, dulce, responsable, maternal, “consciente” de los compromisos laborales de su marido y de esas juntas de trabajo que pueden terminar en desmán, “pero es ahí donde está el dinero”, “un sacrifico extenuante por la educación de nuestros hijos”. Y ellos sí, ellos sí pueden gozar con plenitud su profesión, su trabajo, con la seguridad de que en casa todo está bien; sin que les asusten las llamadas inesperadas de la guardería o la lluvia que golpea la ventana de la oficina cuando no le mandaste chamarra a tu hijo… de eso se encarga mamá.
Yo escuché la voz entrecortada de una mamá mientras la entrevistaba Marcela Pámanes sobre la decisión de dejar de trabajar para dedicarse a su familia. Yo he visto a los personajes femeninos más destacados de mi profesión renunciar a su vida como “mujer” por lograr sus objetivos, y luego nos encargamos de echárselos en cara, como si ellas no se lo reclamaran también al llegar a una casa vacía.
Una de las invitadas en la mesa de análisis de Contextos dijo, y dijo bien, que las profesiones más comunes en las mujeres (que además son las peor pagadas) son psicología, educación, enfermería, es decir, lo que ya hacíamos en casa; sin embargo, el empresario sigue prefiriendo contratar a una mujer “porque hay temas que sólo ellas pueden comprender”.
¿Hay igualdad de género cuando le das más importancia a los asuntos de tu pareja? Cuando crees que su círculo es mejor que el tuyo, cuando sus citas de negocios se deben respetar aunque las tuyas no, porque más allá de todo lo liberal y feminista que puedas ser, sigues creyendo que el hombre te va a dar poder económico, o peor aún, no crees que tú seas capaz de darte la vida que mereces.

A la segunda persona le respondería, ¿Qué significa para ti la igualdad? ¿Y por qué nos asusta tanto escuchar a una mujer pronunciar palabras altisonantes que los hombres han dicho hasta el cansancio?

Y al tercero: Uno vive y la vida va dejando huellas, y el pasado, para bien o para mal, no se borra. Si dos personas se casan ilusionados, enamorados, convencidos y forman una familia que luego tiene que desarmarse por cuestiones ajenas a los hijos, ¿qué hace al hombre diferente como para querer borrar ese pasaje de su vida?  ¿por qué él podría olvidar la atención económica y afectiva a quienes por vida le pertenecen? ¿Por qué él sí y la mujer no?

A veces, cuando entramos a una oficina y vemos tantas mujeres, nos vemos tantas mujeres, queremos sonreír y decir ¡Hay igualdad de género! Yo tengo un micrófono, otras conducen camiones, aviones, operan, hacen leyes, cocinan, venden, enseñan… pero detrás de todas esas mujeres, existe una historia de mujer, y se escuchan las llamadas de la guardería, y se escuchan las visitas al ginecólogo, y los regaños en la escuela, y los problemas de fertilidad, las prisas por la comida, los sueños truncos o la abnegación.
Creo que ser mujer es un doble esfuerzo para todo, desde que pones el despertados 15 minutos antes para alcanzar a secarte el pelo y levantarte las pestañas; luego tienes que hacer lo mismo con los hijos; pero es un doble esfuerzo que vale la pena y que debemos notar y que debemos admirarnos unas a otras, sin importar su historia, porque ser mujer implicar tomar las decisiones más difíciles de la vida.

Yo las festejo y las admiro a partir de quienes tengo y he tenido cerca: Mi abuela,  mi mamá y mis compañeras de trabajo.

Lucía Olivares

@Olivareslucia

domingo, 22 de febrero de 2015

Que te quede la dignidad cuando ya no te quede nada.


Voy a defender siempre lo que soy, aunque lo único que me quede sea lo que soy.

Despertar a las ocho de la mañana en domingo y querer iniciar cuando todos están dormidos. Pedir un vaso de agua con dos hielos, dos hielos nada más… no es una indicación necia, es mi exactitud. No optar por el silencio cuando el silencio es mi mejor opción. Decir no a lo que otro cuerpo pide, porque en mi cabeza mando yo. Cuestionar con la mirada las mentiras que alguien dice aun sabiendo que conozco la verdad. Decir no tomo, no fumo, esperando un gesto desaprobatorio o una mueca de sorpresa como máximo halago escapatorio. Creer en la energía de los objetos guardados. Limpiar con servilletas las grasas que me han dado.  Decir con firmeza “no quiero” aunque se me echen encima. Vivir con congruencia si es que quiero vivir con dignidad.

La dignidad es lo último que se va cuando la Esperanza se queda, lo aprendí de mi abuela y lo aprendí bien; aunque a veces (casi siempre) no entienda al mundo y el absurdo entendimiento social me aterre y me cuestione y lo cuestione… y nos reunamos y peleemos… y lo repudie y me repudie.
Si la base de este mundo fuera el amor, ¿entonces por qué gastamos tanto tiempo y energía en llenar expectativas? Al menos yo no amo a nadie por ser bello, inteligente, carismático, fuerte, elegante, ni sano; por el contrario, amo a quienes conozco todos sus defectos.  ¿Entonces por qué? ¿Por qué nos aferramos en vernos bien, en ganar mucho dinero, en tener el comentario preciso, en una cabeza brillante que nadie remunera, en gozar de músculos prominentes que jamás usarás, en vestir bien o en medir tus carbohidratos? Seguramente lo hacemos para un imbécil que nunca estará de acuerdo con lo que hay en ti.


Despertar a las seis de la mañana en viernes, bañarte, hacer un desayuno rápido y llevar a los niños al colegio. Llegar con ojeras y el pelo revuelto al trabajo. Cambiarte los lentes dos veces por la luz de la computadora. Resolver pendientes. Ir por los niños al colegio. Dejarlos con mamá. Regresar al trabajo preocupada porque uno de ellos tiene fiebre. Ir a la farmacia y que se te regrese la tarjeta. Una llamada de tu jefe te ordena que regreses a la oficina. ¿Y el papá? … no hay.

O decidir no tener hijos por temor a que tu cuerpo se altere, por miedo a las estrías y a la flacidez,  y luego preguntarte ¿Por qué tiene que ser así? ¡Los hombres se ven bien con panza, yo no!
Las exigencias, los parámetros, las medidas las hemos puesto nosotras para nosotras, permitiendo absurdamente en el hombre lo que para la mujer es penado, pena…doy. Pena damos procurando un cuerpo escultural, una depilación perfecta y una sonrisa exhausta por dedicarle tanta vida a lo que se ve y no se vive. 

Salirse un poco de la línea es complicado, llegar sin embonar es incómodo; pero a pesar de todo estoy aquí parada enfrentando dignamente las consecuencias de lo que soy y lo que seré.
A vivir con congruencia porque quien no se es fiel a sí mismo… no es.


Lucía Olivares.

@Olivareslucia