miércoles, 28 de agosto de 2013

La ilusión

Nos dicen que no. Que no creamos en los cuentos de hadas porque la vida nos desilusionará…  tal vez tengan razón, pero, sin ilusiones ¿a qué sabría la vida? A ajo, probablemente. Bien dijo García Márquez en “El Coronel no tiene quien le escriba”:
-          La ilusión no se come – dijo ella.
-          No se come, pero alimenta – replicó el coronel.


A mi me gusta pensar que soy una princesa y que vivo en un libro de colores, que los animales hablan, que las teteras cantan, que los ratones pueden ser amigos, que los duendes me protegen. Los cuentos no están tan  alejados de la realidad, las brujas representan todas las envidias, los celos y el rencor.  
Los golpes de realidad te los da la vida misma, siempre. Las traiciones llegan haciendo fisuras en el corazón, pero no importa, es mentira eso de que se puede romper.
Tal vez Rapunzel no hubiera encontrado a su príncipe si la bruja no la hubiera encerrado en aquella torre.
Si Cenicienta no estuviera viviendo con las terribles hermanastras y su madre, seguramente no se hubiera enterado del baile y nada habría ocurrido.
Si Blanca Nieves no hubiera comido la manzana, ¡el príncipe no la hubiera besado!
Si La Bella no hubiera aguantado el mal genio de la Bestia, jamás se hubiera percatado de lo maravilloso y guapo que es.

La ilusión le da sentido a la vida, la ilusión te hace soñar y gritar de emoción con el ritmo que imaginas en tu vida, esas ansias de volar te dan las alas que necesitas, puede ser que no sepamos usarlas todavía y si nos precipitamos podemos golpear un poco nuestras rodillas… duele, pero sin ilusión el rostro se marchita, se opaca, se acartona, sin ilusión nos conformamos con telenovelas y olvidamos el cuento, olvidamos la magia.
En mi cuento hay varias brujas, algunas son de esas que lucen hermosas, pero estoy segura de que por la noche se transforman; en mi cuento existe un perrito que baila, canta y hace muchas travesuras… también hay parajitos que vienen a despeinarme un poco más de lo habitual. En mi cuento hay dos reyes, él es muy noble y generoso, ella, es muy inteligente y analítica; también una hermosa hermana con ojos de encanto. Los príncipes están enfrentándose en otros cuentos, en reinos aún desconocidos por mí, todos son muy valientes, seguramente pronto les tocará luchar aquí.
Los cuentos de hadas siempre tienen un final feliz.

¿Cómo va el tuyo?

Lucía Olivares.
@Olivareslucia

lunes, 29 de julio de 2013

Gracias

Sólo podía ver dos zapatos plateados por debajo de la puerta;  me inquietaba que fueran de distinto modelo, luego noté que uno era más pequeño que el otro, ¿y el señor? ¿Dónde están sus mocasines cafés?
Abrir esa puerta fue encontrarme con una de las escenas más anheladas. La nieta, la hija, el abuelo. ¡Bendita unión!
Le dije: “Buenos días, soy Lucía Olivares” y le ofrecí mi mano, misma que él tomó como palanca para levantarse y pronunciar su nombre.  Su rostro justo frente al mío, el cabello completamente blanco,  su piel con esas pecas que aparecen por la edad. Por un momento imaginé que podría decirme “siéntate, te leeré un cuento”, evidentemente no fue así. Regresé a la realidad de inmediato y ahí seguíamos, en un acto protocolario.
      -          ¿Cómo dijiste que te llamas?         me preguntó.
      -          Lucía.           respondí.
      -          Hasta el nombre tienes bonito.     eso dijo mientras sonreía y en cambio yo las lágrimas trataba de evitar.
      -          Gracias.

Gracias es la única palabra que encontramos en casos como estos. Decimos gracias cuando sentimos pena, cuando estamos nerviosos, cuando no tenemos nada qué decir, cuando nos enojamos, decimos gracias cuando nos consuelan. Gracias, gracias, ¡Muchas gracias!


Regresé a la oficina y ya quería sentir esa paz de nuevo. “¡Es el abuelito ideal!” decíamos todos.
Diez minutos después estaba afuera otra vez. Me decía que estaba muy nervioso por la presentación de su libro “La niña que perdió su sonrisa”, también me dijo que estaba sorprendido con el trato que todos le han dado, que estaba muy agradecido. Así nos pasa, nos sorprendemos con las atenciones,  tal vez la normalidad está más cerca de lo hostil que de las buenas costumbres y sobre todo… las buenas intenciones, ¡digo! por algo la gente pierde su sonrisa, ¿no?.
El señor entró a la entrevista, sólo pude escuchar la parte final cuando decía que él era un hombre muy feliz, con una familia hermosa, muy buenos vecinos y grandes amigos, ¡Qué más!
¡Uff! Si nos preguntaran qué más…
Abrí la puerta por última vez; la niña y la señora se levantaron de inmediato, pasaron su brazo sobre sus hombros y se fueron diciendo gracias a destiempo y en diferentes tonos, como si fuera una canción. Esa escena me robó una sonrisa y luego pensé en comprarle unos zapatos plateados a mamá.


Lucía Olivares
@Olivareslucia

miércoles, 24 de julio de 2013

No resistí

Me dijeron que no debía hacerlo, pero no resistí.
Necesitaba sentir calor en la garganta y esa sensación de aprendizaje, de deshojar los más altos árboles, con frutos o sin ellos. Necesitaba que mi estómago viviera un espiral de alegría, que la crema y la canela anhelaran mis mejillas.
Me dijeron “No, Lucía, no puedes hacerlo”, pero lo hice una noche, sin temor, ni agonía; disfruté cada sorbo que luego extrañaría, porque las charlas no son igual sin agua hervida, cuando resignada terminas pidiendo un postre de vainilla.
Las reglas no fueron tan estrictas, era más el miedo que la niña tenía, el miedo, la gente dice que sirve para alertarnos, ¿y qué hice? el antojo superó el foco rojo, el olor se apoderó de mi cabeza. Hoy no quería platicar con nadie; esta noche deseaba manchar las sábanas y no sabía con qué hacerlo, por eso, sólo  por eso, fui por un café.
 
No es rebeldía, doctor, ¡Qué va! Simplemente la pluma se desliza mejor cuando él está. Le prometo, le prometo que hoy no quería escuchar a nadie, sólo deseaba que por un momento el café y yo fuéramos amigos, de nuevo; entrelazar mi mano con la suya y caminar juntos para no perdernos; quería recordar cuando me despertaba apenas daban las seis de la mañana, cuando me cambiaba por la compu, se acomodaba junto a ella y se escondía apenas alguien pronunciara su nombre. Cuando mis amigos decían, “¿Un cafesito?” y me emocionaba como animal enjaulado al ver a su dueño; cuando mis ojos parecían más despiertos; cuando celaba mi taza pisciana que nadie debe tocar, cuando él era la caricia humeante que me daba mi mamá.
Me dijeron que no, pero hoy,  aunque sea por un momento, fuimos amigos, otra vez.
 
Lucía Olivares.
@Olivareslucia

jueves, 27 de junio de 2013

La noche


Hace tres días la niña salió a buscar un libro;  estando frente a la librería, el día dejó de ser día, la noche caminó a su encuentro.
 La niña entró y los libros del primer estante se cayeron con el golpe de la puerta, ella asustada se inclinó a recogerlos.

-          “¡No te molestes! Puedo hacerlo yo”  se escuchó.
La niña volteó encontrándose con un muchacho alto con camisa a cuadros que se dirigía hacia ella. Y caminaron. Se contaron historias, tantas como las que tiradas en el suelo dormían unas sobre otras, entrelazando climas y personajes, las pastas duras lastimando a las más débiles que llevan impresas fuertes caballeros.

Comieron una nieve de mango, de esas que pides con copete o sin copete, de esas que comes primero lentamente y luego a cucharazos.
Anduvieron por los caminos más peligrosos de la noche, pero nadie los veía. La noche no dejó de ser noche.

 
El vaso de nieve seguía a la mitad después de tanto camino. La niña no estaba cansada, todavía.

Llegaron, por fin, a la librería. “100% Justin Bieber” dejaba caer su impresionante peso sobre “Los cuentos de Oscar Wilde”; Carlos Ruiz Zafón en versión V.I.P. con pasta hiper dura se mantenía firme, mientras “Cumbres Borrascosas” se deshojaba triste y dolorosamente. Los dos libros que quedaban de “Aprendiendo a ser jefe” se apoyaban uno sobre otro y parecía que la biografía de Sor Juana no quería mezclarse con los demás. 

La noche dejó de ser noche.

 
La niña, viéndose sola, dio media vuelta para regresar a casa, dejó el vaso de nieve junto a la puerta. Cuando el muchacho llegó a la librería tiró accidentalmente el agua de mango. Deseaba que el día dejara de ser día.




Lucía Olivares.
@Olivareslucia
 

martes, 4 de junio de 2013

El futuro no será de nadie… así decía


         El amor que se deshace con el tiempo, como la nieve bajo el Sol, como se desgasta la pintura de tu coche,  como la piel,  como tus dientes. El desenfreno que se estabiliza, que pierde la ilusión; los sueños perseguidos, la lucha  y la ambición.

Nos ata la seguridad, el compromiso, la corrección, dejamos los amores nuevos, pues el camino a casa está ya trazado, el tiempo medido, la distancia controlada. Tenemos un tenedor especial, un lugar en el desayunador, la costumbre de los espacios que hay que compartir y tal vez exista algo más interesante, más provocador, más grande, ¡Especial!, pero no, no podemos arriesgar lo construido con los años, no podemos olvidar el pasado, ni pretender que el futuro nos pertenece.

Nos despiertan los sueños. Soñar todos los días, actuar cada momento por acercarte a un deseo, planear,  redactar metas y seguirlas al pie de la letra, ¿Por qué no funciona?, ¿Qué estoy haciendo mal? ¡Maldita sea! ¡Qué estoy haciendo mal!

Lo gritaste. Aquel gritó la desdicha de su matrimonio y sigue atado, la pintora, gritó su próximo éxito y no lo ha conseguido. Él ama incondicionalmente a otra mujer; ella, posee un talento espectacular y nadie lo ve, ¿Están todos mal? ¿Necesita una vida trágica como Frida? ¿Tendrá que dejar de ser Lola?

Ellos intentaron.  Vivir un amor mágico que se rompería cuando los detalles mínimos se apoderaran de los máximos. Seguir sus convicciones, emocionarse al pintar un paraíso y luego tener que reemplazarlo por las sandías que pedía su cliente. ¡Maldita sea! ¡Qué estoy haciendo mal!

¿De quién es el futuro, entonces?



El futuro no será de nadie, de Oscar de la Borbolla.



Lucía Olivares.
@Olivareslucia

martes, 28 de mayo de 2013

Dice que me quiere…


Todas las mañanas me lo dice, voltea a verme mientras juega con una pluma, la detiene en su labio, y luego, luego dice que me quiere.

Dice que me quiere…

De vez en cuando lo menciona en un mensaje de texto a altas horas de la noche, con un par de letras de más, como si sus dedos se deslizaran sin control sobre las teclas, algo alejado de la formalidad y el romanticismo, pero eso sí, de vez en cuando dice que me quiere.

Dice que me quiere…

Cuando todos se han quedado callados, él toma la última frase y la convierte en canción, alcanza las notas más altas y después de una sonrisa tímida, me mira y entonces, dice que me quiere; otras veces me abraza de lado como grandes amigos, y sí, también me lo dice.

Dice que me quiere…

En cada oportunidad, él dice que me quiere, lo escribe en una nota para que el resto no comprenda, con el peor y más vago de sus recursos, pero,  siempre, siempre dice que me quiere.

Dice que me quiere…

Cuando me recuerda por una fotografía, la observa y luego escribe que me quiere, en ocasiones, lo reduce a dos o tres letras, pero, aun así dice que me quiere.

 

Y luego dudo del significado, de las plumas y los labios, de las verdades del alcohol,  de las canciones, de la lejanía, de las palabras, del amor.

De repente, las palabras nos entorpecen, engloban tanto en una sola frase, en una frase que se ha vuelto insípida e indeseable; en ocasiones nos gusta escucharla, leerla, pero ya no pretendemos saborearla, ni olerla, ni tocarla, porque ha quedado impresa en todas las conversaciones amables, en todos los favores concedidos, en todos los mensajes inesperados.

Si las palabras fueran la única herramienta sería tan fácil sentir el amor, las cartas continuarían escribiéndose solas, las serenatas todavía estarían de moda, leeríamos un poco más, le tendríamos miedo al whatsapp, a las conversaciones simultáneas; podríamos querer sin estar.

Decimos te quiero, así como aprendimos a decir bye en cada despedida, sin sentido, sin atención a lo expresado, como una maquinita creadora de burbujas, en la que sin darnos cuenta entramos para aislarnos. Decimos te quiero, porque así todos lo dicen, nos sentimos sinceros, nos sentimos amigos, nos sentimos tan poco comprometidos. Tal vez falta conciencia, tal vez falta entendernos, escucharnos, conocer, conocer el significado único de esa frase en cada situación y hacia cada destinatario.
 
 

Te quiero
(grito de noche blanca...)
en el insomnio reflexivo
de donde ha vuelto en pájaros mi espíritu.
     
Julia De Burgos


Lucía Olivares.
@Olivareslucia

 

martes, 7 de mayo de 2013

Semáforo en rojo


           Medias negras bajo un short diminuto del mismo color. Treinta y cuatro grados a la sombra, ¿Y debajo de ese toldo?.
Ella marca el ritmo con sus caderas, no escucho nada y tampoco hay bocinas a su alrededor; efecto fallido de alegría, aplaude y flexiona sus rodillas, primero la derecha, luego la izquierda. Tres hombres en bicicleta pasan junto a ella, sigue bailando, alcanzan a mandarle besos tronados, de esos con final asqueante y  que rematan con un “chiquita” acosador; uno de ellos se queda atrás, gira su cabeza noventa grados, sin dejar de pedalear; la chica cree que se han ido y deja de golpear sus manos para tomar un descanso. El hombre ahora ha girado completamente su rostro, no deja de mirarle, ha avanzado más de quince metros.

No, no se cayó; el semáforo se puso en verde y el claxon de una camioneta lo alertó. Todos continuamos derecho y ella, sin música y sin ganas, siguió moviendo las piernas, temiéndole al peatón.


Lucía Olivares
@Olivareslucia