sábado, 17 de marzo de 2018

No víctima. Mujer.

Lucía Olivares
@Olivareslucia


Ya, Pablito… te has portado muy mal hoy; mamá ya casi se tiene que ir a trabajar. No llores, no llores. Ya duérmete, mi amor. Ya duérmete, chiquito. Cierra tus ojitos, bebé.

Pablito por fin se quedó dormido sobre el pecho de su madre, luego de despertarse tres veces durante la madrugada. Eran casi las seis de mañana, Sonia lo intuía y no sabía cómo tomar el celular antes de que la alarma sonara y alterara a su hijo; fue moviendo su cadera poco a poco, ayudándose con los pies y los codos hasta quedar junto al buró y tomar sigilosa, pero asertivamente el teléfono segundos antes de que sonara.

Sonia suspiró… como un agotamiento previo, suplicando energía, fuerza, maña y suerte, sobre todo suerte para que Pablito no despertara de nuevo.

Tomó un baño rápido, se puso unos pantalones negros y unas botas de piso, un suéter holgado con cuello de tortuga y una chamarra gruesa encima. Preparó algunos biberones mientras le indicaba a Alfonso que era hora de levantarse; puso agua para café y tostó tres panes para el desayuno.

Poncho, despierta, ya casi me voy – decía mientras movía el hombro de su esposo – Poncho, ya es hora.

Regresó a la cocina y agradeció escuchar la regadera minutos después.

- Poncho, aquí está tu café. Te hice huevo y pan tostado ¿quieres mermelada?

- Sí, por fa. ¿Tú no desayunas?

- En el camino... ya se me hizo tarde; tengo que llevar a Pablito con mi mamá. No vayas a salir así, está haciendo frío; en la recámara está tu saco azul, ayer lo recogí de la tintorería. Nos vemos al rato – dijo Sonia cargando el moisés con el brazo derecho, la bolsa sobre el hombro izquierdo, las llaves, un termo con café y un pedazo de pan tostado.

- Con cuidado.

- ¿Me abres? – se oyó desde lejos

Sonia dejó a Pablito (ya despierto y en llanto) en casa de su mamá; le dejó los biberones, la pañalera que guardaba siempre en el coche y dinero por si algo se ofrecía.

- Al rato vengo por él.

- ¡Sonia, traes el pelo empapado! Agárratelo por lo menos, pareces loca.

- Ay, mamá… debo traer una liga en la bolsa. No te apures. Ya voy tarde.

Sonia trabajaba en un despacho contable, de ocho a dos y de cuatro a seis. En la oficina la mayoría eran mujeres; el gerente era un señor de 55 años muy entusiasta y trabajador, le había enviado al hospital unos globos enormes para celebrar la llegada de Pablito y unas frazaditas divinas en color azul y amarillo; de eso hacían cuatro meses. Don Diego, el gerente, era un encanto, pero Zulema, la encargada del departamento, parecía tener algo contra las mujeres… su trato siempre era distinto, más exigente, más demandante, muy insensible.

Llegas tarde, otra vez, Sonia… pero a la salida eres muy puntual ¿verdad?

- Discúlpame, Zulema, se me hizo tarde con el niño.

Zulema lanzó los ojos hacia arriba desaprobando la respuesta de Sonia y se retiró marcando sus pasos al ritmo de sus tacones.

Había días tranquilos y otros muy pesados, sobre todo la última semana de cada mes. Justo era 28 de enero, un día frío, agotador desde el inicio, nublado, ¡con lo que Sonia odia los días sin Sol!, un montón de papeles y encargos en su cubículo, el café ya tibio en su termo y un molesto goteo en la nariz propio de su alergia al papel.

Los números provocaban que la tensión en su cabeza fuera aún más perturbante, como contracciones en el cráneo que no la dejaban en paz; a lo mucho durmió dos horas seguidas luego de despertar a calmar y alimentar a Pablito a las doce, tres y cinco de la mañana.

- No aguanto la cabeza, Paty ¿No traerás una aspirina? No he podido dormir en toda la semana; Alfonso no me ayuda y Pablito está cada día más inquieto. Estoy desesperada – dijo Sonia empezando a llorar – Te lo juro que no sé de dónde sacar fuerzas, nada más de pensar que tengo que llegar a hacer de comer, regresar, ir por mi niño, la cena… ya no puedo trabajar, Paty, pero no sé cómo lo tomaría Poncho.

- ¿No te acuerdas cómo lloró Lucero cuando dejó de trabajar por dedicarse a su marido e hijos? Amaba su trabajo ¡Lo amaba! Ella no se quería ir, aquí nos lo dijo llorando, ¿no te acuerdas? Es momentáneo, Sonia, todas hemos pasado por eso. Es difícil, sí, pero de que sacamos la garra para seguir adelante, la sacamos. Lo que sí tienes que hacer es comer, traes ese pedazo de pan desde que llegaste y no friegues ponte aunque sea corrector en las ojeras.

Sonia hizo un gesto de despreocupación ante el último comentario de Paty, se sonó la nariz con una servilleta y se fue a hacer un café... todavía tenía mucho trabajo pendiente.

Llegó la hora de comida y las cuatro mujeres salieron en un santiamén de la oficina, Sonia compró un pollo rostizado, pasó por su hijo a casa de sus papás y preparó una sopa caldosa al tiempo que arrullaba a Pablito con su voz.

- Tranquilo, mi niño, ya casi termino, mi amor. Ya, ya no llores, ya va a llegar papá.

Alfonso le dio un beso al niño y se sentó a la mesa.

- ¿Otra vez pollo?

- Mi amor, anoche no alcancé a preparar nada para hoy, ya ves cómo ha estado de chipil Pablito, pero te hice sopa de bolitas, la que te gusta.

Alfonso era abogado, trabajaba para una empresa local, así que tenía un horario más flexible. Iba siempre de vestir, a veces con traje, solía ser muy especial con el planchado de sus camisas y la forma de acomodar su ropa; Sonia se había olvidado un poco (o mucho) de ella, era delgada, pero ahora se deja ver con unos cuantos kilos en cima que no ha logrado bajar desde el embarazo. De soltera jugaba fútbol, también le gustaba mucho correr; por supuesto que esas actividades resultan imposibles de momento. Tiene los ojos color miel y el pelo ondulado, es por eso que la humedad no hace buena mancuerna con ella. Sus ojos son lindos, pero esa sombra café justo debajo de ellos grita agotamiento.

Salieron los tres juntos de la casa. Antes de llegar de nuevo a la oficina, Sonia dejó a su hijo en una guardería ubicada a dos cuadras del despacho; no le gustaba mucho el trato que les dan a los niños, mucho menos a los bebés, Pablito era el más chico, pero regresar a casa de su mamá y cruzar toda la ciudad resultaría imposible e impráctico.

Los últimos minutos de su jornada se alargaron, y entre el estrés laboral, las manecillas del reloj caminando y la guardería a punto de cerrar, aquello era la locura disfrazada de mujer. Bajó del coche justo frente a “Grandes sonrisas”, la estancia infantil donde los niños salían con el antónimo del letrero dibujado en el rostro. Lety la esperaba afuera con Pablito en brazos.

En el coche, ya agotada, deshecha y sin imaginación para la cena, decidió pasar por un café. Una cadena impedía el paso por el drive thru; tendría que bajar, con todo lo que eso implicaba. Tomó a su hijo, la bolsa y las llaves las dejó en su mano, ya se las ingeniaría para pagar.

- ¡Sonia! ¿Cómo estás? Hasta que te dejas ver

- ¿Cómo están? Sí, pues es que con el niño y el trabajo ya no me da tiempo de nada.

Ellas, esposas del grupo de amigos de Alfonso, la miraban disimulada y detalladamente al mismo tiempo. Sus labios entreabiertos, sus sonrisas fingidas, su gusto fabricado, su interés malicioso brotaba de sus ojos queriéndose escapar por sus dientes.

- Pero te ves bien, Sonia, digo, es evidente que traes unos kilitos de más, pero al rato los bajas – dijo una de ellas como si el tema del peso estuviera ya sobre la mesa.

- Bueno es que también esa chamarra no ayuda – continuó Mónica, otra de ellas.

Sonia sonreía con los labios.

- Mira, te va a pasar lo que a todas que se casan con hombres sin dinero, no es que Alfonso sea pobre, ni tú tampoco, pero si alguien me dice ¿qué pasó con Sonia, la niña bonita, delgadita, risueña y sobre todo arreglada? Tendré que responder: se casó, tuvo criatura y el marido no es rico.

Las tres mujeres sobre la mesa periquera de la cafetería se echaron a reír como chiste en piñata.

Sonia seguía sonriendo con los labios… ahora sin mostrar los dientes.

Pagó su café haciendo malabares con las manos y se despidió sin mostrar mayor efusividad. Apenas cerró la puerta del carro y soltó en llanto, un llanto ahogado, desesperado, tan lleno de fuerza y tan carente de tristeza. Al llegar a casa acostó a Pablito en su cuna y se paró frente al espejo, ignorando por completo a Alfonso, que ya descansaba en la recámara.

- ¿Qué pasa, Sonia? ¿Qué tienes?

Ella ensordeció.

- ¿Sonia?

Se miraba a detalle, empezando por el cabello sujetado torpemente con una liga maltrecha que encontró en su bolso, las cejas casi uniéndose una con la otra, la piel seca y agrietada por el frío, su nariz roja y ancha por la congestión después del llanto, sus labios pálidos y gruesos, quienes solían pelear el protagonismo de su rostro contra esos ojos color miel que la observaban. Esos ojos color miel que sujetaban una sombra café o grisácea, que ahora todos miraban.

Después de unos minutos empezó a sonreír con todo el rostro y con toda el alma.

Volteó hacia su esposo y le dijo: ¿Qué vamos a hacer de cenar, Alfonso?

La cena viene en camino – respondió mientras la besaba en los labios, y en eso, se escuchó a Pablito llorar.



Fin.






sábado, 3 de marzo de 2018

“Nos vemos el domingo. Te mando un beso”, se despidió



Él es ese amigo que todos quieren y pocos tienen. Él es ese amigo que siempre está, que no ve distancia, que no ve si no es por ti. Él es ese amigo que muchos consideramos el mejor porque no escatima, porque no conoce la mesura, porque en su corazón cabe el mundo, aunque el mundo le quedó muy chico a su corazón.

Después de seis años las fechas coinciden, y comienzo a creer en la numerología que recrea en mi cada momento y los mismos pesares...

Era un viernes ya cayendo el anochecer, (yo estudiaba por las tardes, trabajaba de mañana) me sentía abrumada, un poco agotada por las nuevas ocupaciones, y en la última clase recibí un mensaje de ese amigo que siempre tenía tiempo para acordarse de ti, preguntarte cómo estás y dedicarte los minutos u horas que tú decidas para platicar de todo o nada... ahora que lo pienso creo que fue él la última persona con quien hablé por teléfono solo porque sí, solo para escucharnos, solo para platicar.
Él recordaba mi cumpleaños, sin ayuda de las redes sociales. Me preguntó a modo de carrilla “¿Quién cumple años el domingo? ¿Qué vamos a hacer?” Yo le dije que planeaba ir a cenar al día siguiente y que lo esperaba ahí, él me dijo que no podía porque iba llegando a la presa, pero que el domingo me veía en mi casa para darme un abrazo y comer pastel. Quedamos en vernos ese día. Era un hecho, porque él es de esos amigos que no necesitan recordatorios, él es de esos amigos que si quieren verte te ven, que siempre tienen tiempo, que su prioridad tiene nombre... de personas.

“Nos vemos el domingo. Te mando un beso”, se despidió.

Se despidió como un regalo adicional a todo lo que había hecho por mi y a las múltiples ocasiones en que me demostró lo especial que era para él.

Yo pensé que era una despedida de dos día, nada más.

No podía dormir, me sentía mal, cansada, estresada, con dolor de cabeza y una inquietud que no me dejaba tranquila... estaba irritable. Se lo dije a mis papás.
Ese sábado muy temprano recibí una llamada - de otro amigo que quiero mucho – me comentó que se había presentado un accidente la noche anterior en la presa “¿y?” pensé. “Falleció Fer” me lo dijo con una pausa nerviosa, como evitando lastimarme, y de ahí surgió el que creo ha sido mi grito más doloroso. Mis papás llegaron asustados y Joaquín tuvo que explicarles por teléfono lo ocurrido. Pasó la tarde conmigo... haciendo nada, solo acompañándome, como lo hacen los amigos.

Al día siguiente, domingo 4 de marzo, era el Maratón Lala, como este año. Yo tenía que trabajar-, después fui a misa y al regresar a casa estaba mi pastel de cumpleaños, algunas de mis amigas, Joaquín, mis papás y mi hermana, pero no estaba él.

No me dio uno de sus abrazos apretados, no me apachurró las mejillas con sus enormes y elásticas manos con que destruía y reconstruía todo lo que tocaba. No volví a escuchar su “¡carnalilla!”, ni a ver sus ojos de risa nerviosa cuando tiraba algo y lo acomodaba rápido. Ya no me hablan por teléfono diciendo “me estaba acordando de ti”, pero me sé dichosa, muy afortunada de tener al mejor amigo y por ese beso cariñoso que sé es un mensaje eterno.


Al séptimo día siempre es domingo... ya quisieran muchos verse una vez por semana.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Cómo quiere uno a la gente cuando ya no está


¿El amor se maximiza con la ausencia? ¿O será el remordimiento golpeándonos el pecho lo que duele tanto? No sé, pero, cómo quiere uno a la gente cuando ya no está.

Nos dicen que antes de morir debemos hacer muchas cosas: plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo; ¿para permanecer? ¿para que no nos olviden? ¿para dejar una huella en nuestro paso por la vida? ¿para continuar? ¿para que no desaparezca? ¿Para qué?

Cómo quiere uno a la gente cuando ya no está…

Cómo anhela uno la textura de su voz; esas frases que recordamos como únicas, como creadas y pronunciadas solo por esa persona. No recordamos… volvemos a sentir, sus manos tocando nuevamente tu piel, sensaciones que se quedan archivadas en tu cuerpo, aromas que parecieran vivir dentro de ti y que se prenden como una vara de incienso. Abrazos. Abrazos que te reconectan, que fusionan almas, que te recuerdan que compartes vida… abrazos que ahora le das al viento con la esperanza de que sople como la última vez, esa que tal vez por las prisas, fue una despedida rápida, floja, como solemos ser cuando creemos que siempre hay un día más.

Los hijos, los libros, los árboles, no anidan el recuerdo; las miradas, los abrazos, los apretones de mano, las risas, las voces, la complicidad, las conversaciones, los planes, su piel, los momentos compartidos y los que quisiste compartir, su olor, las enseñanzas accidentales, su existencia, el palpiltar…eso sí.

Cómo quiere uno a la gente cuando ya no está…

Cómo extraña uno a la gente cuando ya no contesta el celular, cuando su casa se convierte en una habitación vacía, cuando la fuerza de sus manos desaparece, cuando lo buscas en los mismos sitios y no aparece, cuando esperas su voz en una melodía que no llega, cuando no entiendes por qué si aquí estaba se fue, cuando el tiempo comienza a pasar más rápido y más lento, cuando se te apaga una luz y andas a tientas , cuando aprendes a seguir la estela, cuando el recuerdo te alimenta.

Cómo quiere uno a la gente cuando ya no está.


Lucía Olivares

@Olivareslucia




jueves, 14 de diciembre de 2017

La enfermedad



           Le tememos a todo aquello que pueda alterar nuestra comodidad, y existe entonces una palabra que nos devuelve a lo humano, que nos recuerda lo imperfectos, lo mundanos, lo terrenales, lo temporales, lo frágiles,  lo prestado, lo inconstantes que somos: la enfermedad.

Pareciera que llega a recordarnos que todo lo construido con el cuerpo se destruye, que los huesos se rompen, que los músculos se desgarran, que el pelo y los dientes se caen, que el cuerpo se infla y desinfla, que los órganos funcionan y a veces no. La enfermedad es un mágico recordatorio de que somos lo que alberga la materia, pero no la materia; somos tal vez esa voz que piensa en levantarse aunque las piernas no le den, esa fuerza que intenta  expulsar lo que le hace daño, esa confusión al ver tu cuerpo lánguido y el alma vigorosa.

La enfermedad nos hace creer  que el encanto y la chingonería trabajada por años se pierden cuando la gente te descubre corriendo por una diarrea, cuando en un baño público eres incapaz de echarte un pedo, cuando una tos con flemas aparece en medio de una conversación,  cuando has dejado tu lugar con un montón de pañuelos usados, cuando quieres esconder con maquillaje la espinilla que te salió en la barbilla, cuando tu pelo se cae por un tratamiento y decides cubrir tu cabeza para que los demás no se enteren, para que no se hagan preguntas, para que no se asusten, para que no comenten. La enfermedad viene a recordarnos lo imperfectos que somos y lo fuertes que podemos llegar a ser.

En la comodidad difícilmente se descubre, en las penas nos volvemos grandes y en la grandeza encontramos sanación.

Me descubro en los momentos difíciles.

Y escribo para sanar.



Lucía Olivares
@Olivareslucia



miércoles, 11 de octubre de 2017

La envidia



      Podemos entristecernos por la pérdida de una persona amada, por el extravío de un objeto especial, por el incumplimiento de nuestras metas, por un sueño roto; también es posible enfadarse consigo mismo cuando fallas, cuando no has sido cauteloso ni perseverante; nos molestamos con los amigos cuando nos traicionan y nos hieren, aunque a veces sentimos rabia en sus momentos de mayor felicidad.

La envidia es un discreto y doloroso sentimiento de frustración que te carcome por dentro, porque no se desea, pero existe de manera inconsciente subrayando lo liviano de las relaciones, lo superfluo del cariño y la nula solidaridad.

Es silenciosa y venenosa, lastima y golpea con fuerza a quien no lo merece. La envidia es capaz de convertir tus pensamientos en alguien, solo por considerarlo más bello, más alto, más inteligente, más capaz, o en el peor de los casos, por poseer eso que tú deseas. El envidioso desperdicia el tiempo en destruir la felicidad del otro y se niega la posibilidad de encontrar la suya.

Aquello que envidiamos dice mucho de quienes somos; sus formas de expresión son innumerables, van desde el murmullo hasta las injurias, el rechazo y las agresiones sin motivo. Sin embargo, existen quienes se benefician de esta terrible sensación. La envidia más primaria de las mujeres engrosa la adquisición de productos de belleza; la envidia por dinero activa el consumismo; la envidia por estado anímico el uso y manejo de redes sociales: la mentira.

Es destructiva, asfixiante, amenazante. Es injusta, no es de amigos, mucho menos de amantes. La envidia muestra tus vacíos y desdichas, tus complejos, anhelos e incapacidades.

Quien ama se alegra contigo… quien irradia felicidad no lo opaca otro brillo.



Lucía Olivares
@Olivareslucia




domingo, 20 de agosto de 2017

Amor platónico

... ese que nunca fue y nunca será.

Se queda atrapado en el anhelo, el sueño, el deseo; crea imágenes de cuento con olores y sabores dulces; con sonrisas y solo lágrimas de alegría; es platónico porque no hubo decepciones, gritos, ni compromisos rotos. Es puro, porque es nuevo, inmaduro e inocente.

Un amor así, idealizado y etéreo, es como el viaje que no has hecho, como el pastel que ves impreso en las revistas, como las pieles perfectas gracias a photoshop... las deseas, pero al mismo tiempo te cuestionas si serán reales, imaginas a qué saben, a qué huelen, cómo son sus calles, ¿habrá basura tirada?, ¿moscas o ratas?, ¿será tan tersa como parece?, ¿es verdad o es una máscara?

El conocimiento quita esas máscaras, las arroja, las envuelve, y las admira, pero ama la piel marcada, brillosa, arrugada, a veces sucia; ama la sonrisa genuina que ve enmarcada en las fotografías porque al mirarla escucha ese sonido extraño que produce. El conocimiento ama los callos de tus pies por los caminos que recorres, el trabajo de tus manos, las ojeras que son muestra de tu esfuerzo, la pérdida de peso en los malos momentos y la fortaleza interna que te dejan.

El amor platónico sospecha que hay demonios dentro, pero no interactúa con ellos, los escoge y a veces los piensa para sentirlo más real. El conocimiento te hace odiar aquello que creías amar, te golpea contra la pared mil veces como si fueses un idiota, pero luego de esos choques ves con mayor claridad, a veces te quedas, a veces te vas.

Creemos amar sin conocer.. es más fácil.
Amar lo que conoces ¡Uy! amar lo que conoces, es amar.



Lucía Olivares
@Olivareslucia



martes, 11 de julio de 2017

A recuerdos huele la vida


 Por Lucía Olivares.


Que los recuerdos entren por la nariz y el olvido lo transpire gracias al Sol.

Un perfume de gardenias retrasó mi calendario y me llevó al mes de mayo, a los pasillos del auditorio donde estudiaba cuando niña y ofrecíamos a la Virgen: flores, una loción que arrojábamos en un tapete y velas blancas. Luego, hay aromas que convierten mi escenario en la habitación de mi abuela, la madera de los muebles, el metal de ese teléfono antiguo y el oído interfiriendo en los sentidos cuando escucho el coro de la Iglesia en misa de nueve, o el chasquido de mis dedos sobre la mesa que surge inconsciente cuando estoy pensando.

Las canciones que alguna vez bailé hasta el cansancio para limpiar una coreografía, mi cuerpo responde familiarizado a esos golpes que un momento se fundieron con mi cuerpo. El olor del café que me seduce a lo prohibido evocando a tantas conversaciones y tantas personas, esas historias, muchas que me hubiera encantado terminar de escribir… cuánta gente cabe en mi café sorbo a sorbo, sin prisa, pero con ritmo.

El mágico aroma de un libro viejo que vuelve a compartir sus páginas conmigo, ese sensación de abandono, de soledad, de haberse convertido en una muñeca fea y olvidada; el sonido de la hoja rasposa comparado con el olor a ilusión que guardan los cuadernos, lápices y libros nuevos, el nerviosismo del primer día de clases, el insomnio un día antes, el tacto cuidado de lo que pronto se convertirá en un desastre.

Y si la música tiene olor, hay canciones que me huelen a esperanza, que me huelen a ti, un poquito a despecho, unas gotitas de fragancia de tristeza, pero mucha libertad. Hay canciones que huelen como imagino que huelen las nubes, a aire fresco, a un largo aliento, a vida… no importa que sea pasada. A mi vida.

Y cuando camino mis dos cortos y rutinarios trayectos encuentro, primero, que en medio de tanta podredumbre hay destellos de azúcar bien escondidos que parecen deliciosos;  que ahí, en el centro de Torreón, además de esquinas con reuniones de basura del fin de semana y gente que escupe largo y ruidosamente a milímetros de tus pies, hay aromas que pueden volverte loca, porque aunque nunca he visto el lugar, sé que existe un sitio que me despide y agradece todos los días con lo que imagino es una concha de chocolate con un poder de alcance terrorífico. Mi segunda rutina es más corta, más cuidada, más infantil, y me invita todos los días a dar las gracias por esa inyección de recuerdos, por esos ritmos que palpitan dentro, por la música que mi cuerpo genera y por lo que, para bien o para mal, yo también transpiro.


@Olivareslucia