miércoles, 17 de mayo de 2017

La mujer en los medios de comunicación


Se ha hablado hasta el cansancio del papel de la mujer en la sociedad, los cambios en los roles, la evolución de nuestra participación, la violencia de género, la brecha salarial, lo agotador que es ser mamá trabajadora, abusos sexuales, feminicidios, legalización del aborto, las expectativas sociales, exigencias físicas y esa búsqueda incansable por encontrar tu forma de ser mujer en un mundo dominado por hombres durante años.

Debido al periodo electoral que vivimos en Coahuila, se ha puesto sobre la mesa el papel de los comunicadores laguneros, no de los seis periodistas asesinados en lo que va del 2017, ni de la huelga digital que realizaron varios medios nacionales para exigir justicia y seguridad al gremio. No. Se habla de los comunicadores que, a decir de un grupo social, (podrán o no estar en lo cierto) se venden, venden el oficio y convierten sus espacios en centros de halago y publicidad.

Un par de semanas atrás me topé con una entrevista a la periodista Rosa María Calaf, ¡interesantísima! Ella hablaba de que la ciudadanía cree que está informada cuando en realidad solo está entretenida, ¡eso es peligroso! y no nos damos cuenta, porque ahora tenemos la creencia de que lo que cualquier usuario comparte en redes o en cadenas de Whatsapp es, y muchas veces no, no es.
Calaf también mencionaba que la información es cada vez menos rigurosa; en los medios puedes notar que la forma de comunicar se ha modificado porque la sociedad te pide condensar, la tecnología nos está haciendo flojos, no queremos y ya no sabemos esforzarnos más.

Además de estos conceptos, la periodista española habló de la labor periodística, del papel que jugamos quienes trabajamos en un medio de comunicación “El periodista no puede ser más importante que lo que cuenta porque entonces hacemos del periodismo un espectáculo” el trabajo del comunicador es comunicar, el protagonista de cualquier espacio televisivo, radiofónico, impreso, debe ser el hecho, los datos, los testimonios, la información y no sé en qué momento esto cambió. Actualmente puede ser más importante qué ropa usarás para pararte frente a una cámara que lo que vas a decir, ¿y saben qué? también como consumidores nos percatamos más de esos detalles que de la propia información.

“Ahora vuelve una sexualización de la mujer, sobre todo en los medios visuales, donde se prioriza la apariencia física y la edad... ¿Qué importa la belleza en una periodista? Estamos hablando de información. En el entretenimiento puede ser relativamente diferente, pero en la información no se está valorando si lo hace bien, sino que se suma la valoración del patrón físico”, decía Rosa María Calaf, y es que si eres bonita, lo que tienes se lo debes a tu belleza aunque te quemes las pestañas estudiando, porque vemos más y profundizamos poco.

Hacerse camino en esta profesión no es fácil, sin importar el medio en que te encuentres, se compite todo el tiempo, porque sí: todos quieren llegar, y siempre llegarán personas más jóvenes y con nuevas ideas, eso es una alerta amarilla para los trabajadores todo el tiempo, porque es difícil mantenerte en el nivel que esperas. En este gremio se mueven egos y envidias, todos los tenemos aunque digamos que no.
Se cree que para pertenecer a un medio debes tener una cara hermosa o una voz privilegiada; yo jamás sospeché que estaría frente a un micrófono, fue algo que busqué sin saber lo quería, pero que he aprendido a querer muchísimo, porque creo en lo que hago. Es difícil llegar muy joven, sentirte chiquita e inexperta, duelen los golpes al ego cuando practicamente toda la ciudad nota tus garrafales errores, se sufren  los latigazos que se da uno mismo cuando no sabes todo lo que deberías saber, y es que desde la universidad te dicen que un comunicólogo “debe saber un poquito de todo”, lastima despedirte de los espacios que se convierten en tu casa, cuesta hacer las cosas diferente, es frustrante que el hombre te haga creer que es intelectualmente superior. Ah y no es bonito saber cuántas cosas horribles ocurren en el mundo. Recuerdo que mucho antes de dedicarme a esto creía que los noticieros llegaban a un punto donde se hacían inmunes a los terrores de la calle, pero desde donde estoy parada noto que la piel se eriza cada vez más, la sed de justicia se hace mayor, el coraje es inevitable, y a veces, aunque quisieras no hablar, hay que gritar.

Los comunicadores (o los periodistas) deberíamos tener claro que nuestro trabajo es informar y que nuestra vida privada no tendría por qué tener un lugar en la jerarquización. Como dijo Antonio González – Karg de Juámbelz, director de El Siglo de Torreón, en entrevista con Marcela Pámanes en Entre Laguneros: “el medio no puede ser noticia, el medio es el canal, el vaso comunicante entre los hechos y los receptores”.


Hay una frase de Elena Poniatowska que me encanta “me volví periodista aunque estaba condenada a ser una niña con una casa bonita, un marido bonito, unos hijos bonitos, una mesa bonita” porque me identifico y, al menos en mi caso, creo que a esta profesión, por sobre todas las cosas, se le debe tener mucha fe y mucho amor.
Como mujeres en los medios nos queda la responsabilidad de respetar y dignificar el género


Lucia Olivares
@Olivares




sábado, 6 de mayo de 2017

Mamá, ¿soy una buena hija?


Tal vez tú mismo te lo estás cuestionando ahora y coincidirás con que es una pregunta muy difícil de responder, seguramente le ocurre lo mismo a las mamás, porque uno ama y demuestra el amor a su manera, más no sabemos si esas expresiones de amor sean siempre lo que el otro necesita.

A mi mamá le ahorré muchas preocupaciones mundanas, pero le compré otras no tan pasajeras. Mi mamá nunca sufrió por mis llegadas tardes a la casa en estado inconveniente, por algún vicio de adolescente, bajas calificaciones o por comportamientos inapropiados, aprendí a ser responsable y desee siempre que mis papás se sintieran orgullosos de mi, lo deseo aún. 

Fui la niña correcta que hace las cosas correctas, la que buscaba ser la mejor estudiante y la mejor bailarina, amé las aulas, amé a mis profesores, me reté y los reté, fui muy inocente y poco a poco aprendí a defenderme, sigo aprendiendo a poner límites; pero esa “corrección” me ha traído muchas buenas y muchas malas, esas malas – sin pensarlo – se convirtieron en una preocupación para mamá y papá. Sentía que no encajaba en ningún grupo porque no me gustaba lo que hacían los demás, a mi me gustaba platicar, conocer, así que empecé a leer y a ocuparme de diferentes maneras, a querer como loca a los amigos que llegaban, a extrañar como loca a los amigos que se iban y a seguir un sueño que encontré en el camino: ser escritora, ser una gran comunicadora.

Mamá tal vez preferiría ver a su hija un poco menos preocupada, más acompañada, más arreglada, menos exigente, pero yo no quise ser así, o tal vez encontré esta manera que se acomodó más a mis inquietudes, a lo que me interesa de la vida. 

Mamá, yo quise batallar porque creo que así mejores cosas se encuentran y he pagado (y les he hecho pagar) el precio de buscar lo justo, lo difícil, de actuar siempre de acuerdo a lo que pienso, aunque a muchos esto no les parezca. 

Mamá, no sé si soy una buena hija, mi pecado está en las palabras y ahí mismo mi virtud. El camino por más solo que parezca siempre ha tenido otras huellas, porque siempre, aunque no te parezca, vas tú.






Lucía Olivares
@Olivareslucia

miércoles, 22 de marzo de 2017

No se pierde la memoria de las cosas importantes



No se pierde la memoria de las cosas importantes...

Los latidos repentinos no se pueden olvidar, las pupilas dilatadas, las sonrisas congeladas, la hipersensibilidad en la piel, y  esas ganas, esas ganas de hacer lo que no hiciste, de decir lo que sentiste ayer y hoy, en diferentes momentos pero con la misma intensidad de los recuerdos, de la memoria que es historia y como historia vida es.

Un clavo no saca otro clavo, lo entierra, lo esconde, lo suprime, lo oculta. Las personas no se reemplazan, no como fichas o piezas de ajedrez, las personas vienen y pasan… la emoción permanece, se pega, se adhiere, penetra e inyecta una dosis que bloquea el olvido; tal vez sea eso tan sencillo lo que nos hace inmortales solo a los ojos y a las pieles que nos vieron de verdad.

No se pierde la memoria de lo insignificantemente maravilloso, de lo mundano convertido en pasaje, de las miradas como escáner, las palabras como lanzas, como frase de separador, como cuchillo enterrado dentro, dentro, dentro; y el tacto celoso que apenas pareciera existir como un pequeño rastro de vida, como un delgado rayo de luz.

No. No se pierde la memoria de las cosas importantes, de esas que cerramos los ojos y vemos, esas que al abrirlos no te dejan aterrizar, de esas que son siempre la primer y eterna anécdota, tu parteaguas, tu ejemplo, tu conexión con otros sentimientos, a donde va tu mente… a donde regresa siempre.

Si te olvido o no te olvido está de más. No es la cabeza, no soy yo, son todos los estímulos que te evocan aun cuando no estás.

Somos historias que no pierden la memoria de las cosas importantes o las más insignificantes que se colaron hasta lo más profundo y han tendido su casa, se han llevado su almohada, su música, sus palabras para que no las extrañes, para que vivan contigo, sin exagerar.

¿Y si se van? ¿Y si se quedan? Les dejo mi cuerpo por si lo quieren abrazar.


Lucía Olivares
 @Olivareslucia



sábado, 14 de enero de 2017

Lo que debes saber antes de graduarte


Revisando "los papeles viejos" me topé con el discurso que escribí para mi graduación hace tres años, se las comparto porque vale la pena darnos cuenta que el aprendizaje no tiene fin y que como decía Viktor Frankl "el que tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo":


         El primer día de clases en la universidad, me di cuenta de que tenía la inocencia de una niña, y muchas, pero muchas ganas de aprender. Llegas a la universidad con grandes dudas, con incertidumbres, con una idea errónea de la carrera que eliges, con miedos, algunos de ellos te acompañan, te vigilan, te cuidan durante cuatro años y medio. 
Llegas a la universidad a exponer tus sueños, a compartirlos con tus nuevos compañeros, a repetir tu nombre, tu edad, tu carrera, tus metas; en cada clase, en cada semestre, para que te quede bien claro y no te queda claro. Alguna vez escuché a una compañera mayor decir “yo quería trabajar en la embajada… qué tonta, qué ilusa”, no basta desear, la vida no es una bola de cristal, ni una lámpara maravillosa, hay que trabajar.
Pasan cuatro años y medio… ¡corriendo! y nadie nos avisó que éramos atletas y que llegaríamos tan rápido, nadie nos dijo que experimentaríamos una inestabilidad tremenda y que aunque se moviera el barco nosotros no nos podíamos caer. Yo me mareé muchas veces, pero me sostenía fuerte. 
Aprendes que la universidad es la bahía, pero para pescar te tienes que meter al mar, ensuciarte, caerte, lastimarte… con que no te ahogues… ¿y qué creen? nosotros no nos ahogamos.
Es fácil memorizar conceptos, desarrollar habilidades, obtener un diez, hacer bien una tarea; es un poco más complicado el tema de la resistencia, el tema del valor y los valores, el tema de la dignidad, el abrir la boca porque para algo existe, el hablar de frente, el tener convicciones, saber perder, reconocer errores, pedir disculpas, no confiar del todo, dudar también de lo que un profesor te dice… eso te lo da la escuela, la experiencia, los berrinches… todo lo que nos parecía inútil es lo que más nos hacía falta.

El primer día de clases en la universidad, me di cuenta de que tenía la inocencia de una niña, y muchas, pero muchas ganas de aprender. El último día de clases me di cuenta de que todo lo que pasó, todo lo que vivimos tenía una razón de ser, que el estudiar no es sacrificio, que el estudiar es delicioso, que nosotros somos las piedras de otros y tropezamos así, unos con otros, y que hoy y hace cuatro años y medio el sueño sigue siendo el mismo, que me expongo de la misma manera en frente de desconocidos y luego amigos a contarles qué quiero para mi vida, compartir pasiones, dolores, desesperación, corajes, grilla; compartir mañanas y tardes, extrañarlos de un día a otro. Nosotros conocemos nuestros sueños… 
Esta carrera duró muy poco, cuatro años y medio de resistir y gozar muchas cosas, pero siguen años que no se acotan, que no se segregan, que no se dividen; en los que habrá de soportar situaciones, personas, cambios, horarios, el que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier como… lo decía Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido; Viktor es el padre de la logoterapia, que habla del sentido a la vida y cuando tienes metas claras, cuando repites tu nombre, tu edad y tu objetivo último en la vida con seguridad, entonces, los cómos te perseguirán como caballos a todo galope y tú tendrás que cabalgar cada uno de ellos, aceptarlos y agradecer.

Gracias. Gracias a los profesores que nos dieron el beneficio de la duda, gracias a los profesores que podían ser oído y no sólo voz, gracias al que decía Buenos días y al que nunca contestaba, gracias al que te cerraba la puerta, gracias al que siempre la dejaba abierta. Gracias al que te dijo que tu trabajo era una basura, gracias al que te adulaba y no entendías por qué. Gracias al amigo que te daba un abrazo en las mañanas, gracias al que te envidiaba hasta la taza de café. Gracias al que te veía llorar y se acercaba, gracias al que te veía y se burlaba.
El último día de clases me fui como llegué, sintiéndome una niña todavía, pero con muchas, muchas ganas de aprender.  
El barco que zarpó hace más de cuatro años ya se detuvo y ahora hay que bajar a pescar.    Afortunados los que se quisieron lanzar y lo reconsideraron, afortunados los que se pelearon con el capitán y llegaron a un acuerdo racional, afortunados los que encontraron el método antimareo, porque en el barco estás seguro, porque ahora nos toca el mar.



Lucía Olivares
@Olivareslucia





jueves, 8 de diciembre de 2016

No es el libro, es la historia



Era todavía estudiante cuando comencé a transcribir las entrevistas de “Entre Laguneros”, como parte de mis actividades de practicante dentro de la empresa en la que ahora laboro. Cuando uno es muy joven y sueña mucho, tragas ilusión cada que respiras, así que convertí mi cabeza en un globo inmenso de ilusiones. Siempre he deseado escribir, siempre lo digo y quisiera decir que siempre lo hago.

Durante muchos meses me alimenté de historias que se descubrían a través de conversaciones que Marcela Pámanes (mi jefa) sostenía con diferentes personajes de la región. Les conocí las muletillas, escuché increíbles historias de amor, sorprendentes anécdotas laborales, travesuras, lágrimas y frases que me obligaban a pausar y reflexionar. Decían que me enajenaba, porque al terminar mis pendientes me ponía a escuchar y teclear; llegué muy tarde a casa durante ese tiempo porque era imposible no engancharse, y en ocasiones era muy complicado entender; ¡las voces son tan distintas! Algunos hablan muy rápido, muy fuerte o muy bajito, otros hacen demasiadas pausas, algunos son muy directos y otros le dan muchas vueltas a las cosas; pero a pesar de todo, yo sentía que me nutría, sentía que estaba platicando con ellos, que recogía esas palabras que volaban para dejarlas grabadas.

La idea de participar en un proyecto literario siempre me pareció mágica, me hacía cariñitos en el corazón de solo imaginar; siempre pensé que tardó mucho, ahora siento que pasó demasiado rápido.

De cada entrevista salían alrededor de trece cuartillas que había que reducir a un  máximo de cuatro; se dejaba lo esencial, lo que rescatara la esencia, las entrañas del personaje, y esos chispazos movilizadores de almas los marcaba en negritas. La publicación tuvo dos salidas en falso; cuando llegó la vencida iba con pies de plomo, no podía creerlo, no sabía si creerlo. Tuve que creer y trabajar con extraordinarias personas que me presentó este proyecto: Dolores Quintanilla, Cecy Murillo, Belem Palomo y Valdemar Ayala. ¡Qué estresada y que llena me sentía! Existía en mí una necesidad de responder y agradecer la confianza que mis superiores habían depositado en mi, no me perdonaba perder ni un solo detalle, porque lo quería, porque deseaba que esas páginas brillaran, y finalmente, después de pocos pero intensos días, estaba en el Teatro Isauro Martínez recibiendo catorce cajas de cartón que contenían el trabajo de tanto tiempo convertido en un objeto. Eran tantas las prisas que escondí las cajas que pude, abrí una y sin detenerme un momento acomodé los libros sobre una mesa y me fui a la sala donde recibiríamos a los invitados. Todo fue muy rápido, no sentí el nervio típico que llega cuando subes a un escenario, solo tuve muchas ganas de reirme cuando vi el video que preparamos reproducirse en una enorme pantalla, experimenté un fuete y tierno abrazo al corazón cuando Marcela y Dolores me agradecieron durante su presentación. La noche para mi fue breve, pero regresé a casa con una sensación de vacío que no me podía explicar; esperé tanto ese momento, y ahora que llega siento que una pequeña parte de mi se ha ido, volteo a ver esas cajas que vienen y van, y tal vez nadie se ha dado cuenta de lo que viene dentro.

¡Dios mio, estoy entendiendo tantas cosas! Y tal vez recurra a la más trillada de las frases, que por más estúpida que me ha parecido toda la vida, apenas logro entenderla: las cosas valen por lo que significan para ti, por esa compañía, por la presencia que tienen un tu mente, por la intimidad que creas con ella.

No sé si esto sea normal; lo que sé es que a partir de esta experiencia que agradezco enormemente haber tenido, no me va a alcanzar la vida para escribir todo lo que quiero, que voy a dedicarme a crear historias, personajes, y compartirlos con quien sea gustoso, teniendo como principio que no es el libro es la historia.


No es el libro ¡ES LA HISTORIA!



Lucía Olivares
@Olivareslucia



martes, 18 de octubre de 2016

A mi, mi abuelo me ha enseñado mucho del amor.



Es difícil cuando la gente te comparte historias de alguien que es parte de ti, aunque no como hubieses querido. Tardé tres meses para hablar de mi abuelo y del vacío que me deja, pero hoy depurando la bandeja de mi correo me encontré con un mail que no quise abrir porque sabría me lastimaría.
Hace años iba con frecuencia al Starbucks de independencia, era mi salida de los fines de semana, y siempre, siempre me topaba a una persona que me dio una conferencia en la universidad, sentado en la misma mesa con su computadora Mac y un café caliente, yo lo saludaba, suelo saludar a todas las personas que he visto por lo menos una vez en la vida, muchos se hacen tontos lo cual aborrezco, y otro, como él en este caso responden el saludo, hasta que un día no recuerdo si fui yo o él quien se acercó y me dijo que conocía a mi abuelo, Carlos Cardán. Tema complicado, pensé yo, simplemente sonreí y él comenzó a relatarme algunas anécdotas, mencionaba incluso calles, direcciones que fingía conocer, estaba actuando; él me dijo que tuvo la oportunidad de acompañarlo a filmar una película e incluso conservaba una fotografía, me pidió mi correo para enviármela y se lo di.

Cuando llegué a mi casa le conté a mi mamá, pero tratamos de no ahondar mucho en el tema; al día siguiente encontré en mi bandeja de entrada un correo titulado “Foto que te comenté... Saludos”. Pinche viejo, fue lo que pensé, y del coraje, la tristeza, la envidia, no lo abrí. Hoy la descubro, descubro la imagen de mi abuelo montando a caballo y al parecer sonríe.

Todos dicen compartir anécdotas con mi abuelo y uno tiene que permanecer erguido, aguantar el llanto y dibujar la sonrisa, no podemos decir ¡Ya cállate, idiota, que no quiero escucharte! Pero si miro un poquito atrás yo también tengo historias que contar de él.

Recuerdo cuando mamá y yo veníamos del súper muy cerquita de la casa y mi abuela casi se nos cae en cima, se tropezó con el piso de esa cuadra que siempre ha sido un asco, pero las botas lo salvaro, nosotras nos asustamos mucho y le dijimos ¡Cuidado!, él no nos dijo nada y seguimos caminando, mamá y yo ni siquiera nos volteamos a ver, mejor así, total ya casi llegábamos.

También me acuerdo de un día que lo invitamos a comer a la casa, estábamos en la sala platicando y en medio de la conversación mi abuelo dijo “escuchen como me gruñen las tripas”, mi mamá saltó de la verguenza y lo pasó de inmediato a la cocina, había spaghetti y a mi abuelo le fascinó, llenó de elogios a la señora que trabajaba con nosotros que parecía retorcerse de la emoción y la pena a lado de la estufa .

Tengo muy presente un día que visitó la casa de mi abuelita, platicábamos con él y cuando mi tía Alejandra cruzó la pierna mi abuelo le dijo “sigues teniendo buena pierna”, mi tía también se sonrojó... creo que todos nos sonrojábamos.

Tal vez el recuerdo más viejo es de la exposición que le organizó Yeye Romo en el Teatro Alberto M. Alvarado, nos sentíamos hijos de un artista de cine (y sí, eh), me acuerdo muy bien de cómo iba vestida mi mamá, toda de negro con una capa en tonos café, era rubia en aquel entonces.

Pero las imágenes más presentes se las debo a mi tocaya y a mi abuelita Esperanza. Mi mamá es muy buena para contar historias aunque siempre he pensado que le echa de su cosecha. Antes de que mi abuela muriera tuve la oportunidad de convivir más con ella, comía en su casa todos los miércoles porque mi horario de clases era una locura así que platicábamos mucho solas, siempre me dijo que fue muy feliz con mi abuelo, que no se arrepentía de nada porque aunque pocos, había vivido unos años maravillosos a su lado. Me decía que mi abuelo leía mucho y que cuando terminaba un libro la obligaba a leerlo y le hacía preguntas para comprobar que había entendido, “¡Ay no, y a mi no me gusta leer!” decía mi abuela, lo curioso es que todos los días que llegaba a su casa la veía en la cama leyendo el periódico y con montones de cuadernos de crucigramas en la mesita de junto.

La última vez que hablé con él le pregunté cómo estaba y me dijo "Pues bien flaco", "Ay, pues yo también" le respondí. "Yo también te quiero mucho, mamita. Voy a ir pronto a visitarte a Torreón" así se despidió de mi.

Y pues no, yo no viví muchas cosas con mi abuelo, pero cómo me ha enseñado... más de lo que pude imaginar. Subrayó el amor incondicional que le tuvo mi abuela, y no solo las bondades y generosidad de una hija, sino también de un esposo, mi papá, que simplemente es irreal.

A mi, mi abuelo me ha enseñado mucho del amor.
Gracias abuelo porque así es como tenía que ser. 


















Lucía Olivares

@Olivareslucia

A mi, mi abuelo me ha enseñado mucho del amor.



Es difícil cuando la gente te comparte historias de alguien que es parte de ti, aunque no como hubieses querido. Tardé tres meses en hablar de mi abuelo y del vacío que me deja, pero hoy depurando la bandeja de mi correo me encontré con un mail que no quise abrir porque sabría me lastimaría.
Hace años iba con frecuencia al Starbucks de independencia, era mi salida de los fines de semana, y siempre, siempre me topaba a una persona que me dio una conferencia en la universidad, sentado en la misma mesa con su computadora Mac y un café caliente, yo lo saludaba, suelo saludar a todas las personas que he visto por lo menos una vez en la vida, muchos se hacen tontos lo cual aborrezco, y otros, como él, en este caso, responden el saludo. Hasta que un día, no recuerdo si fui yo o él quien se acercó y me dijo que conocía a mi abuelo, Carlos Cardán. Tema complicado, pensé yo, simplemente sonreí y comenzó a relatarme algunas anécdotas, mencionaba incluso calles, direcciones que fingía conocer, estaba actuando; él me dijo que tuvo la oportunidad de acompañarlo a filmar una película e incluso conservaba una fotografía, me pidió mi correo para enviármela y se lo di.

Cuando llegué a mi casa le conté a mi mamá, pero tratamos de no ahondar mucho en el tema; al día siguiente encontré en mi bandeja de entrada un correo titulado “Foto que te comenté... Saludos”. Pinche viejo, fue lo que pensé, y del coraje, la tristeza, la envidia, no lo abrí. Hoy la descubro, descubro la imagen de mi abuelo montando a caballo y al parecer sonríe.

Todos dicen compartir anécdotas con mi abuelo y uno tiene que permanecer erguido, aguantar el llanto y dibujar la sonrisa, no podemos decir ¡Ya cállate, idiota, que no quiero escucharte! Pero si miro un poquito atrás yo también tengo historias que contar de él.

Recuerdo cuando mamá y yo veníamos del súper muy cerquita de la casa y mi abuelo casi se nos cae en cima, se tropezó con el piso de esa cuadra que siempre ha sido un asco, pero las botas lo salvaron, nosotras nos asustamos mucho y le dijimos ¡Cuidado!, él no nos dijo nada y seguimos caminando, mamá y yo ni siquiera nos volteamos a ver, mejor así, total ya casi llegábamos.

También me acuerdo de un día que lo invitamos a comer a la casa, estábamos en la sala platicando y en medio de la conversación mi abuelo dijo “escuchen como me gruñen las tripas”, mi mamá saltó de la vergüenza y lo pasó de inmediato a la cocina, había spaghetti y a mi abuelo le fascinó, llenó de elogios a la señora que trabajaba con nosotros que parecía retorcerse de la emoción y la pena a lado de la estufa .

Tengo muy presente un día que visitó la casa de mi abuelita, platicábamos con él y cuando mi tía Alejandra cruzó la pierna mi abuelo le dijo “sigues teniendo buena pierna”, mi tía también se sonrojó... creo que todos nos sonrojábamos.

Tal vez el recuerdo más viejo es de la exposición que le organizó Yeye Romo en el Teatro Alberto M. Alvarado, nos sentíamos hijos de un artista de cine (y sí, eh), me acuerdo muy bien de cómo iba vestida mi mamá, toda de negro con una capa en tonos café, era rubia en aquel entonces.

Pero las imágenes más presentes se las debo a mi tocaya y a mi abuelita Esperanza. Mi mamá es muy buena para contar historias aunque siempre he pensado que le echa de su cosecha. Antes de que mi abuela muriera tuve la oportunidad de convivir más con ella, comía en su casa todos los miércoles porque mi horario de clases era una locura así que platicábamos mucho solas, siempre me dijo que fue muy feliz con mi abuelo, que no se arrepentía de nada porque aunque pocos, había vivido unos años maravillosos a su lado. Me decía que mi abuelo leía mucho y que cuando terminaba un libro la obligaba a leerlo y le hacía preguntas para comprobar que había entendido, “¡Ay no, y a mi no me gusta leer!” decía mi abuela, lo curioso es que todos los días que llegaba a su casa la veía en la cama leyendo el periódico y con montones de cuadernos de crucigramas en la mesita de junto.

La última vez que hablé con él le pregunté cómo estaba y me dijo "Pues bien flaco", "Ay, pues yo también" le respondí. "Yo también te quiero mucho, mamita. Voy a ir pronto a visitarte a Torreón" así se despidió de mi.

Y pues no, yo no viví muchas cosas con mi abuelo, pero cómo me ha enseñado... más de lo que pude imaginar. Subrayó el amor incondicional que le tuvo mi abuela, y no solo las bondades y generosidad de una hija, sino también de un esposo, mi papá, que simplemente es irreal.

A mi, mi abuelo me ha enseñado mucho del amor.
Gracias abuelo porque así es como tenía que ser. 


















Lucía Olivares

@Olivareslucia