martes, 15 de octubre de 2013

No era una santita


Santa, una novela del autor mexicano Federico Gamboa.

El nombre es antónimo de su vida; es prostituta, primero por decisión del destino, luego por amor al trabajo.
El pianista de la casa de citas era ciego y se enamoró, no poco a poco, sino rápidamente de ella.

Hipo quería a Santa con sus cuatro sentidos, con su entero corazón y con su entero cuerpo desgraciado. Santa  le cobrara un afecto extraño, más que simpatía y mucho menos que amor. Claro, estaba rodeada de hombres poderosos, pasionales, adinerados, de esos que parece que se rodean de lámparas maravillosas, piden algo y se les concede al chasquido de sus dedos. Santa sentía con la cabeza e Hipo veía con el corazón encendido y la cabeza apagada.

¡El que de verdad ama, nunca se cansa de aguardar, hágase pagar a peso de oro! … bajo ese precepto, ni Santa amaba y mucho menos la amaban… “hágase pagar a peso de oro”.

Un día Hipo le pidió a su amigo Jenaro que le hablara de ella, que le describiera a la Santa …píntamela de palabra, facción por facción.

-          ¡Santita tiene los ojos de venada, negros también y como almendras, pero si los viera   usted…!
-          Volvería a cegar – declaró Hipólito, profético.

Hipo amaba tanto con cuatro sentidos... ¿Qué nos da la vista que nos deja ciegos?, ¿Qué es eso que no queremos ver?, ¿O será que en la obscuridad se imagina mejor? Las manos se convierten en ojos y qué bien ven, el oído es la mayor fuente de imaginación y qué bien sueña, el olfato es una gran guía y qué bien camina, el gusto a veces es un lujo y cómo grita.
En ocasiones el nombre no dice absolutamente nada, como Santa, su nombre no responde a su personalidad, ni su rostro de virgen, ni sus ojos de venadito asustado; tampoco la ceguera de Hipo lo hace hermético o aislado. Su manera de amar parece perfecta, ¿verdad?


Tal vez su desbordante amor se enfermó igual que Santa, se contagió de egoísmo y se encaprichó con la obscuridad que abrazaba a la mujer, se alegró del fracaso de quien ama. No existe el amor perfecto, a veces la culminación, la obsesión, el desbordante encanto se convierte en egoísmo, como en este caso. Hipo sentía rabia, sentía celos de todos aquellos hombres que pasaron por encima de su Santa, ¿y él? ¿Cuándo le tocaría a él? Hipo al encontrar a su amada tan destrozada, tan enferma, tan poco capaz de seguir complaciendo a cuanto hombre le pusiera en frente unas monedas, se sintió feliz. Su desdicha, su tragedia se convertía en la realización de aquel hombre que aguardó durante meses esperando una caricia que llegaría como consecuencia de la desmejora de una mujer, de la mujer a quien ama. ¿Es ese un gran amor? Estoy confundida. Pensé que Hipo amaba diferente, luego recordé que es humano.

 Pero, niña ¡qué durezas traes! Si pareces de piedra, ¡Vaya una Santita!

 
Lucía Olivares
@Olivareslucia

martes, 17 de septiembre de 2013

Te lo regalaría

Frente a mí están tres floreros con orquídeas artificiales... son bonitas. A mi derecha, se encuentran cuatro masetas con orquídeas naturales.



Esta noche soy consciente de mis ojos, mi nariz, mi boca, mis pulmones, mi corazón, el hígado, los riñones, la matriz y mis oídos. Soy una orquídea natural.
La vida nos da todo (pero no a todos), tenemos habilidades, destrezas y talentos, y a veces, desembocan en mares de perdición. Pensaba en nuestra voz, ¿Qué decimos? ¿Qué hacemos con nuestra boca? si es un recurso humano, ¿por qué no decimos cosas valiosas?, ¿por qué no pronunciamos palabras hermosas?
Pensaba, también, en el corazón, ¿por qué lo relegamos como un traidor? ¿por qué le decimos idiota? si él es el que siente, ¡Imagina cómo lo lastimamos!
Pensaba en nuestro cuerpo, ¡Todo!
¿Qué hacemos con él? por qué no danzar, por qué no convertirlo en un ritual, en una obra de arte, una escultura, un espectáculo, por qué no devolver el favor, por qué no descubrir su belleza...
Y que mis ojos miren lejos y de frente.
Que mis oídos muevan mi cuerpo.
Que los pulmones me llenen de vida.
Que mi piel juegue a disfrazarse.
Que mis pies descubran.
Que mis manos sean poetas.
Que mis hombros sean cojines.
Mis mejillas el recibidor de la casa.
Mis piernas las alas.
Mis lunares estrellas.

Cuando doy un regalo, espero que hagan un buen uso de él.
No regalo una bolsa para que la llenen de basura. No regalo un abrigo para que lo usen de pijama. No regalo un coche para que se estrelle, ni una pulsera para que la rompan...
... tampoco regalaría una boca para maldecir, ni unas piernas para perseguir a alguien. No regalaría un corazón para que lo limiten, ni unas orquídeas para que no les pongan agua.


Lucía Olivares.
@Olivareslucia

miércoles, 28 de agosto de 2013

La ilusión

Nos dicen que no. Que no creamos en los cuentos de hadas porque la vida nos desilusionará…  tal vez tengan razón, pero, sin ilusiones ¿a qué sabría la vida? A ajo, probablemente. Bien dijo García Márquez en “El Coronel no tiene quien le escriba”:
-          La ilusión no se come – dijo ella.
-          No se come, pero alimenta – replicó el coronel.


A mi me gusta pensar que soy una princesa y que vivo en un libro de colores, que los animales hablan, que las teteras cantan, que los ratones pueden ser amigos, que los duendes me protegen. Los cuentos no están tan  alejados de la realidad, las brujas representan todas las envidias, los celos y el rencor.  
Los golpes de realidad te los da la vida misma, siempre. Las traiciones llegan haciendo fisuras en el corazón, pero no importa, es mentira eso de que se puede romper.
Tal vez Rapunzel no hubiera encontrado a su príncipe si la bruja no la hubiera encerrado en aquella torre.
Si Cenicienta no estuviera viviendo con las terribles hermanastras y su madre, seguramente no se hubiera enterado del baile y nada habría ocurrido.
Si Blanca Nieves no hubiera comido la manzana, ¡el príncipe no la hubiera besado!
Si La Bella no hubiera aguantado el mal genio de la Bestia, jamás se hubiera percatado de lo maravilloso y guapo que es.

La ilusión le da sentido a la vida, la ilusión te hace soñar y gritar de emoción con el ritmo que imaginas en tu vida, esas ansias de volar te dan las alas que necesitas, puede ser que no sepamos usarlas todavía y si nos precipitamos podemos golpear un poco nuestras rodillas… duele, pero sin ilusión el rostro se marchita, se opaca, se acartona, sin ilusión nos conformamos con telenovelas y olvidamos el cuento, olvidamos la magia.
En mi cuento hay varias brujas, algunas son de esas que lucen hermosas, pero estoy segura de que por la noche se transforman; en mi cuento existe un perrito que baila, canta y hace muchas travesuras… también hay parajitos que vienen a despeinarme un poco más de lo habitual. En mi cuento hay dos reyes, él es muy noble y generoso, ella, es muy inteligente y analítica; también una hermosa hermana con ojos de encanto. Los príncipes están enfrentándose en otros cuentos, en reinos aún desconocidos por mí, todos son muy valientes, seguramente pronto les tocará luchar aquí.
Los cuentos de hadas siempre tienen un final feliz.

¿Cómo va el tuyo?

Lucía Olivares.
@Olivareslucia

lunes, 29 de julio de 2013

Gracias

Sólo podía ver dos zapatos plateados por debajo de la puerta;  me inquietaba que fueran de distinto modelo, luego noté que uno era más pequeño que el otro, ¿y el señor? ¿Dónde están sus mocasines cafés?
Abrir esa puerta fue encontrarme con una de las escenas más anheladas. La nieta, la hija, el abuelo. ¡Bendita unión!
Le dije: “Buenos días, soy Lucía Olivares” y le ofrecí mi mano, misma que él tomó como palanca para levantarse y pronunciar su nombre.  Su rostro justo frente al mío, el cabello completamente blanco,  su piel con esas pecas que aparecen por la edad. Por un momento imaginé que podría decirme “siéntate, te leeré un cuento”, evidentemente no fue así. Regresé a la realidad de inmediato y ahí seguíamos, en un acto protocolario.
      -          ¿Cómo dijiste que te llamas?         me preguntó.
      -          Lucía.           respondí.
      -          Hasta el nombre tienes bonito.     eso dijo mientras sonreía y en cambio yo las lágrimas trataba de evitar.
      -          Gracias.

Gracias es la única palabra que encontramos en casos como estos. Decimos gracias cuando sentimos pena, cuando estamos nerviosos, cuando no tenemos nada qué decir, cuando nos enojamos, decimos gracias cuando nos consuelan. Gracias, gracias, ¡Muchas gracias!


Regresé a la oficina y ya quería sentir esa paz de nuevo. “¡Es el abuelito ideal!” decíamos todos.
Diez minutos después estaba afuera otra vez. Me decía que estaba muy nervioso por la presentación de su libro “La niña que perdió su sonrisa”, también me dijo que estaba sorprendido con el trato que todos le han dado, que estaba muy agradecido. Así nos pasa, nos sorprendemos con las atenciones,  tal vez la normalidad está más cerca de lo hostil que de las buenas costumbres y sobre todo… las buenas intenciones, ¡digo! por algo la gente pierde su sonrisa, ¿no?.
El señor entró a la entrevista, sólo pude escuchar la parte final cuando decía que él era un hombre muy feliz, con una familia hermosa, muy buenos vecinos y grandes amigos, ¡Qué más!
¡Uff! Si nos preguntaran qué más…
Abrí la puerta por última vez; la niña y la señora se levantaron de inmediato, pasaron su brazo sobre sus hombros y se fueron diciendo gracias a destiempo y en diferentes tonos, como si fuera una canción. Esa escena me robó una sonrisa y luego pensé en comprarle unos zapatos plateados a mamá.


Lucía Olivares
@Olivareslucia

miércoles, 24 de julio de 2013

No resistí

Me dijeron que no debía hacerlo, pero no resistí.
Necesitaba sentir calor en la garganta y esa sensación de aprendizaje, de deshojar los más altos árboles, con frutos o sin ellos. Necesitaba que mi estómago viviera un espiral de alegría, que la crema y la canela anhelaran mis mejillas.
Me dijeron “No, Lucía, no puedes hacerlo”, pero lo hice una noche, sin temor, ni agonía; disfruté cada sorbo que luego extrañaría, porque las charlas no son igual sin agua hervida, cuando resignada terminas pidiendo un postre de vainilla.
Las reglas no fueron tan estrictas, era más el miedo que la niña tenía, el miedo, la gente dice que sirve para alertarnos, ¿y qué hice? el antojo superó el foco rojo, el olor se apoderó de mi cabeza. Hoy no quería platicar con nadie; esta noche deseaba manchar las sábanas y no sabía con qué hacerlo, por eso, sólo  por eso, fui por un café.
 
No es rebeldía, doctor, ¡Qué va! Simplemente la pluma se desliza mejor cuando él está. Le prometo, le prometo que hoy no quería escuchar a nadie, sólo deseaba que por un momento el café y yo fuéramos amigos, de nuevo; entrelazar mi mano con la suya y caminar juntos para no perdernos; quería recordar cuando me despertaba apenas daban las seis de la mañana, cuando me cambiaba por la compu, se acomodaba junto a ella y se escondía apenas alguien pronunciara su nombre. Cuando mis amigos decían, “¿Un cafesito?” y me emocionaba como animal enjaulado al ver a su dueño; cuando mis ojos parecían más despiertos; cuando celaba mi taza pisciana que nadie debe tocar, cuando él era la caricia humeante que me daba mi mamá.
Me dijeron que no, pero hoy,  aunque sea por un momento, fuimos amigos, otra vez.
 
Lucía Olivares.
@Olivareslucia

jueves, 27 de junio de 2013

La noche


Hace tres días la niña salió a buscar un libro;  estando frente a la librería, el día dejó de ser día, la noche caminó a su encuentro.
 La niña entró y los libros del primer estante se cayeron con el golpe de la puerta, ella asustada se inclinó a recogerlos.

-          “¡No te molestes! Puedo hacerlo yo”  se escuchó.
La niña volteó encontrándose con un muchacho alto con camisa a cuadros que se dirigía hacia ella. Y caminaron. Se contaron historias, tantas como las que tiradas en el suelo dormían unas sobre otras, entrelazando climas y personajes, las pastas duras lastimando a las más débiles que llevan impresas fuertes caballeros.

Comieron una nieve de mango, de esas que pides con copete o sin copete, de esas que comes primero lentamente y luego a cucharazos.
Anduvieron por los caminos más peligrosos de la noche, pero nadie los veía. La noche no dejó de ser noche.

 
El vaso de nieve seguía a la mitad después de tanto camino. La niña no estaba cansada, todavía.

Llegaron, por fin, a la librería. “100% Justin Bieber” dejaba caer su impresionante peso sobre “Los cuentos de Oscar Wilde”; Carlos Ruiz Zafón en versión V.I.P. con pasta hiper dura se mantenía firme, mientras “Cumbres Borrascosas” se deshojaba triste y dolorosamente. Los dos libros que quedaban de “Aprendiendo a ser jefe” se apoyaban uno sobre otro y parecía que la biografía de Sor Juana no quería mezclarse con los demás. 

La noche dejó de ser noche.

 
La niña, viéndose sola, dio media vuelta para regresar a casa, dejó el vaso de nieve junto a la puerta. Cuando el muchacho llegó a la librería tiró accidentalmente el agua de mango. Deseaba que el día dejara de ser día.




Lucía Olivares.
@Olivareslucia
 

martes, 4 de junio de 2013

El futuro no será de nadie… así decía


         El amor que se deshace con el tiempo, como la nieve bajo el Sol, como se desgasta la pintura de tu coche,  como la piel,  como tus dientes. El desenfreno que se estabiliza, que pierde la ilusión; los sueños perseguidos, la lucha  y la ambición.

Nos ata la seguridad, el compromiso, la corrección, dejamos los amores nuevos, pues el camino a casa está ya trazado, el tiempo medido, la distancia controlada. Tenemos un tenedor especial, un lugar en el desayunador, la costumbre de los espacios que hay que compartir y tal vez exista algo más interesante, más provocador, más grande, ¡Especial!, pero no, no podemos arriesgar lo construido con los años, no podemos olvidar el pasado, ni pretender que el futuro nos pertenece.

Nos despiertan los sueños. Soñar todos los días, actuar cada momento por acercarte a un deseo, planear,  redactar metas y seguirlas al pie de la letra, ¿Por qué no funciona?, ¿Qué estoy haciendo mal? ¡Maldita sea! ¡Qué estoy haciendo mal!

Lo gritaste. Aquel gritó la desdicha de su matrimonio y sigue atado, la pintora, gritó su próximo éxito y no lo ha conseguido. Él ama incondicionalmente a otra mujer; ella, posee un talento espectacular y nadie lo ve, ¿Están todos mal? ¿Necesita una vida trágica como Frida? ¿Tendrá que dejar de ser Lola?

Ellos intentaron.  Vivir un amor mágico que se rompería cuando los detalles mínimos se apoderaran de los máximos. Seguir sus convicciones, emocionarse al pintar un paraíso y luego tener que reemplazarlo por las sandías que pedía su cliente. ¡Maldita sea! ¡Qué estoy haciendo mal!

¿De quién es el futuro, entonces?



El futuro no será de nadie, de Oscar de la Borbolla.



Lucía Olivares.
@Olivareslucia