miércoles, 22 de marzo de 2017

No se pierde la memoria de las cosas importantes



No se pierde la memoria de las cosas importantes...

Los latidos repentinos no se pueden olvidar, las pupilas dilatadas, las sonrisas congeladas, la hipersensibilidad en la piel, y  esas ganas, esas ganas de hacer lo que no hiciste, de decir lo que sentiste ayer y hoy, en diferentes momentos pero con la misma intensidad de los recuerdos, de la memoria que es historia y como historia vida es.

Un clavo no saca otro clavo, lo entierra, lo esconde, lo suprime, lo oculta. Las personas no se reemplazan, no como fichas o piezas de ajedrez, las personas vienen y pasan… la emoción permanece, se pega, se adhiere, penetra e inyecta una dosis que bloquea el olvido; tal vez sea eso tan sencillo lo que nos hace inmortales solo a los ojos y a las pieles que nos vieron de verdad.

No se pierde la memoria de lo insignificantemente maravilloso, de lo mundano convertido en pasaje, de las miradas como escáner, las palabras como lanzas, como frase de separador, como cuchillo enterrado dentro, dentro, dentro; y el tacto celoso que apenas pareciera existir como un pequeño rastro de vida, como un delgado rayo de luz.

No. No se pierde la memoria de las cosas importantes, de esas que cerramos los ojos y vemos, esas que al abrirlos no te dejan aterrizar, de esas que son siempre la primer y eterna anécdota, tu parteaguas, tu ejemplo, tu conexión con otros sentimientos, a donde va tu mente… a donde regresa siempre.

Si te olvido o no te olvido está de más. No es la cabeza, no soy yo, son todos los estímulos que te evocan aun cuando no estás.

Somos historias que no pierden la memoria de las cosas importantes o las más insignificantes que se colaron hasta lo más profundo y han tendido su casa, se han llevado su almohada, su música, sus palabras para que no las extrañes, para que vivan contigo, sin exagerar.

¿Y si se van? ¿Y si se quedan? Les dejo mi cuerpo por si lo quieren abrazar.


Lucía Olivares
 @Olivareslucia



sábado, 14 de enero de 2017

Lo que debes saber antes de graduarte


Revisando "los papeles viejos" me topé con el discurso que escribí para mi graduación hace tres años, se las comparto porque vale la pena darnos cuenta que el aprendizaje no tiene fin y que como decía Viktor Frankl "el que tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo":


         El primer día de clases en la universidad, me di cuenta de que tenía la inocencia de una niña, y muchas, pero muchas ganas de aprender. Llegas a la universidad con grandes dudas, con incertidumbres, con una idea errónea de la carrera que eliges, con miedos, algunos de ellos te acompañan, te vigilan, te cuidan durante cuatro años y medio. 
Llegas a la universidad a exponer tus sueños, a compartirlos con tus nuevos compañeros, a repetir tu nombre, tu edad, tu carrera, tus metas; en cada clase, en cada semestre, para que te quede bien claro y no te queda claro. Alguna vez escuché a una compañera mayor decir “yo quería trabajar en la embajada… qué tonta, qué ilusa”, no basta desear, la vida no es una bola de cristal, ni una lámpara maravillosa, hay que trabajar.
Pasan cuatro años y medio… ¡corriendo! y nadie nos avisó que éramos atletas y que llegaríamos tan rápido, nadie nos dijo que experimentaríamos una inestabilidad tremenda y que aunque se moviera el barco nosotros no nos podíamos caer. Yo me mareé muchas veces, pero me sostenía fuerte. 
Aprendes que la universidad es la bahía, pero para pescar te tienes que meter al mar, ensuciarte, caerte, lastimarte… con que no te ahogues… ¿y qué creen? nosotros no nos ahogamos.
Es fácil memorizar conceptos, desarrollar habilidades, obtener un diez, hacer bien una tarea; es un poco más complicado el tema de la resistencia, el tema del valor y los valores, el tema de la dignidad, el abrir la boca porque para algo existe, el hablar de frente, el tener convicciones, saber perder, reconocer errores, pedir disculpas, no confiar del todo, dudar también de lo que un profesor te dice… eso te lo da la escuela, la experiencia, los berrinches… todo lo que nos parecía inútil es lo que más nos hacía falta.

El primer día de clases en la universidad, me di cuenta de que tenía la inocencia de una niña, y muchas, pero muchas ganas de aprender. El último día de clases me di cuenta de que todo lo que pasó, todo lo que vivimos tenía una razón de ser, que el estudiar no es sacrificio, que el estudiar es delicioso, que nosotros somos las piedras de otros y tropezamos así, unos con otros, y que hoy y hace cuatro años y medio el sueño sigue siendo el mismo, que me expongo de la misma manera en frente de desconocidos y luego amigos a contarles qué quiero para mi vida, compartir pasiones, dolores, desesperación, corajes, grilla; compartir mañanas y tardes, extrañarlos de un día a otro. Nosotros conocemos nuestros sueños… 
Esta carrera duró muy poco, cuatro años y medio de resistir y gozar muchas cosas, pero siguen años que no se acotan, que no se segregan, que no se dividen; en los que habrá de soportar situaciones, personas, cambios, horarios, el que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier como… lo decía Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido; Viktor es el padre de la logoterapia, que habla del sentido a la vida y cuando tienes metas claras, cuando repites tu nombre, tu edad y tu objetivo último en la vida con seguridad, entonces, los cómos te perseguirán como caballos a todo galope y tú tendrás que cabalgar cada uno de ellos, aceptarlos y agradecer.

Gracias. Gracias a los profesores que nos dieron el beneficio de la duda, gracias a los profesores que podían ser oído y no sólo voz, gracias al que decía Buenos días y al que nunca contestaba, gracias al que te cerraba la puerta, gracias al que siempre la dejaba abierta. Gracias al que te dijo que tu trabajo era una basura, gracias al que te adulaba y no entendías por qué. Gracias al amigo que te daba un abrazo en las mañanas, gracias al que te envidiaba hasta la taza de café. Gracias al que te veía llorar y se acercaba, gracias al que te veía y se burlaba.
El último día de clases me fui como llegué, sintiéndome una niña todavía, pero con muchas, muchas ganas de aprender.  
El barco que zarpó hace más de cuatro años ya se detuvo y ahora hay que bajar a pescar.    Afortunados los que se quisieron lanzar y lo reconsideraron, afortunados los que se pelearon con el capitán y llegaron a un acuerdo racional, afortunados los que encontraron el método antimareo, porque en el barco estás seguro, porque ahora nos toca el mar.



Lucía Olivares
@Olivareslucia





jueves, 8 de diciembre de 2016

No es el libro, es la historia



Era todavía estudiante cuando comencé a transcribir las entrevistas de “Entre Laguneros”, como parte de mis actividades de practicante dentro de la empresa en la que ahora laboro. Cuando uno es muy joven y sueña mucho, tragas ilusión cada que respiras, así que convertí mi cabeza en un globo inmenso de ilusiones. Siempre he deseado escribir, siempre lo digo y quisiera decir que siempre lo hago.

Durante muchos meses me alimenté de historias que se descubrían a través de conversaciones que Marcela Pámanes (mi jefa) sostenía con diferentes personajes de la región. Les conocí las muletillas, escuché increíbles historias de amor, sorprendentes anécdotas laborales, travesuras, lágrimas y frases que me obligaban a pausar y reflexionar. Decían que me enajenaba, porque al terminar mis pendientes me ponía a escuchar y teclear; llegué muy tarde a casa durante ese tiempo porque era imposible no engancharse, y en ocasiones era muy complicado entender; ¡las voces son tan distintas! Algunos hablan muy rápido, muy fuerte o muy bajito, otros hacen demasiadas pausas, algunos son muy directos y otros le dan muchas vueltas a las cosas; pero a pesar de todo, yo sentía que me nutría, sentía que estaba platicando con ellos, que recogía esas palabras que volaban para dejarlas grabadas.

La idea de participar en un proyecto literario siempre me pareció mágica, me hacía cariñitos en el corazón de solo imaginar; siempre pensé que tardó mucho, ahora siento que pasó demasiado rápido.

De cada entrevista salían alrededor de trece cuartillas que había que reducir a un  máximo de cuatro; se dejaba lo esencial, lo que rescatara la esencia, las entrañas del personaje, y esos chispazos movilizadores de almas los marcaba en negritas. La publicación tuvo dos salidas en falso; cuando llegó la vencida iba con pies de plomo, no podía creerlo, no sabía si creerlo. Tuve que creer y trabajar con extraordinarias personas que me presentó este proyecto: Dolores Quintanilla, Cecy Murillo, Belem Palomo y Valdemar Ayala. ¡Qué estresada y que llena me sentía! Existía en mí una necesidad de responder y agradecer la confianza que mis superiores habían depositado en mi, no me perdonaba perder ni un solo detalle, porque lo quería, porque deseaba que esas páginas brillaran, y finalmente, después de pocos pero intensos días, estaba en el Teatro Isauro Martínez recibiendo catorce cajas de cartón que contenían el trabajo de tanto tiempo convertido en un objeto. Eran tantas las prisas que escondí las cajas que pude, abrí una y sin detenerme un momento acomodé los libros sobre una mesa y me fui a la sala donde recibiríamos a los invitados. Todo fue muy rápido, no sentí el nervio típico que llega cuando subes a un escenario, solo tuve muchas ganas de reirme cuando vi el video que preparamos reproducirse en una enorme pantalla, experimenté un fuete y tierno abrazo al corazón cuando Marcela y Dolores me agradecieron durante su presentación. La noche para mi fue breve, pero regresé a casa con una sensación de vacío que no me podía explicar; esperé tanto ese momento, y ahora que llega siento que una pequeña parte de mi se ha ido, volteo a ver esas cajas que vienen y van, y tal vez nadie se ha dado cuenta de lo que viene dentro.

¡Dios mio, estoy entendiendo tantas cosas! Y tal vez recurra a la más trillada de las frases, que por más estúpida que me ha parecido toda la vida, apenas logro entenderla: las cosas valen por lo que significan para ti, por esa compañía, por la presencia que tienen un tu mente, por la intimidad que creas con ella.

No sé si esto sea normal; lo que sé es que a partir de esta experiencia que agradezco enormemente haber tenido, no me va a alcanzar la vida para escribir todo lo que quiero, que voy a dedicarme a crear historias, personajes, y compartirlos con quien sea gustoso, teniendo como principio que no es el libro es la historia.


No es el libro ¡ES LA HISTORIA!



Lucía Olivares
@Olivareslucia



martes, 18 de octubre de 2016

A mi, mi abuelo me ha enseñado mucho del amor.



Es difícil cuando la gente te comparte historias de alguien que es parte de ti, aunque no como hubieses querido. Tardé tres meses para hablar de mi abuelo y del vacío que me deja, pero hoy depurando la bandeja de mi correo me encontré con un mail que no quise abrir porque sabría me lastimaría.
Hace años iba con frecuencia al Starbucks de independencia, era mi salida de los fines de semana, y siempre, siempre me topaba a una persona que me dio una conferencia en la universidad, sentado en la misma mesa con su computadora Mac y un café caliente, yo lo saludaba, suelo saludar a todas las personas que he visto por lo menos una vez en la vida, muchos se hacen tontos lo cual aborrezco, y otro, como él en este caso responden el saludo, hasta que un día no recuerdo si fui yo o él quien se acercó y me dijo que conocía a mi abuelo, Carlos Cardán. Tema complicado, pensé yo, simplemente sonreí y él comenzó a relatarme algunas anécdotas, mencionaba incluso calles, direcciones que fingía conocer, estaba actuando; él me dijo que tuvo la oportunidad de acompañarlo a filmar una película e incluso conservaba una fotografía, me pidió mi correo para enviármela y se lo di.

Cuando llegué a mi casa le conté a mi mamá, pero tratamos de no ahondar mucho en el tema; al día siguiente encontré en mi bandeja de entrada un correo titulado “Foto que te comenté... Saludos”. Pinche viejo, fue lo que pensé, y del coraje, la tristeza, la envidia, no lo abrí. Hoy la descubro, descubro la imagen de mi abuelo montando a caballo y al parecer sonríe.

Todos dicen compartir anécdotas con mi abuelo y uno tiene que permanecer erguido, aguantar el llanto y dibujar la sonrisa, no podemos decir ¡Ya cállate, idiota, que no quiero escucharte! Pero si miro un poquito atrás yo también tengo historias que contar de él.

Recuerdo cuando mamá y yo veníamos del súper muy cerquita de la casa y mi abuela casi se nos cae en cima, se tropezó con el piso de esa cuadra que siempre ha sido un asco, pero las botas lo salvaro, nosotras nos asustamos mucho y le dijimos ¡Cuidado!, él no nos dijo nada y seguimos caminando, mamá y yo ni siquiera nos volteamos a ver, mejor así, total ya casi llegábamos.

También me acuerdo de un día que lo invitamos a comer a la casa, estábamos en la sala platicando y en medio de la conversación mi abuelo dijo “escuchen como me gruñen las tripas”, mi mamá saltó de la verguenza y lo pasó de inmediato a la cocina, había spaghetti y a mi abuelo le fascinó, llenó de elogios a la señora que trabajaba con nosotros que parecía retorcerse de la emoción y la pena a lado de la estufa .

Tengo muy presente un día que visitó la casa de mi abuelita, platicábamos con él y cuando mi tía Alejandra cruzó la pierna mi abuelo le dijo “sigues teniendo buena pierna”, mi tía también se sonrojó... creo que todos nos sonrojábamos.

Tal vez el recuerdo más viejo es de la exposición que le organizó Yeye Romo en el Teatro Alberto M. Alvarado, nos sentíamos hijos de un artista de cine (y sí, eh), me acuerdo muy bien de cómo iba vestida mi mamá, toda de negro con una capa en tonos café, era rubia en aquel entonces.

Pero las imágenes más presentes se las debo a mi tocaya y a mi abuelita Esperanza. Mi mamá es muy buena para contar historias aunque siempre he pensado que le echa de su cosecha. Antes de que mi abuela muriera tuve la oportunidad de convivir más con ella, comía en su casa todos los miércoles porque mi horario de clases era una locura así que platicábamos mucho solas, siempre me dijo que fue muy feliz con mi abuelo, que no se arrepentía de nada porque aunque pocos, había vivido unos años maravillosos a su lado. Me decía que mi abuelo leía mucho y que cuando terminaba un libro la obligaba a leerlo y le hacía preguntas para comprobar que había entendido, “¡Ay no, y a mi no me gusta leer!” decía mi abuela, lo curioso es que todos los días que llegaba a su casa la veía en la cama leyendo el periódico y con montones de cuadernos de crucigramas en la mesita de junto.

La última vez que hablé con él le pregunté cómo estaba y me dijo "Pues bien flaco", "Ay, pues yo también" le respondí. "Yo también te quiero mucho, mamita. Voy a ir pronto a visitarte a Torreón" así se despidió de mi.

Y pues no, yo no viví muchas cosas con mi abuelo, pero cómo me ha enseñado... más de lo que pude imaginar. Subrayó el amor incondicional que le tuvo mi abuela, y no solo las bondades y generosidad de una hija, sino también de un esposo, mi papá, que simplemente es irreal.

A mi, mi abuelo me ha enseñado mucho del amor.
Gracias abuelo porque así es como tenía que ser. 


















Lucía Olivares

@Olivareslucia

A mi, mi abuelo me ha enseñado mucho del amor.



Es difícil cuando la gente te comparte historias de alguien que es parte de ti, aunque no como hubieses querido. Tardé tres meses en hablar de mi abuelo y del vacío que me deja, pero hoy depurando la bandeja de mi correo me encontré con un mail que no quise abrir porque sabría me lastimaría.
Hace años iba con frecuencia al Starbucks de independencia, era mi salida de los fines de semana, y siempre, siempre me topaba a una persona que me dio una conferencia en la universidad, sentado en la misma mesa con su computadora Mac y un café caliente, yo lo saludaba, suelo saludar a todas las personas que he visto por lo menos una vez en la vida, muchos se hacen tontos lo cual aborrezco, y otros, como él, en este caso, responden el saludo. Hasta que un día, no recuerdo si fui yo o él quien se acercó y me dijo que conocía a mi abuelo, Carlos Cardán. Tema complicado, pensé yo, simplemente sonreí y comenzó a relatarme algunas anécdotas, mencionaba incluso calles, direcciones que fingía conocer, estaba actuando; él me dijo que tuvo la oportunidad de acompañarlo a filmar una película e incluso conservaba una fotografía, me pidió mi correo para enviármela y se lo di.

Cuando llegué a mi casa le conté a mi mamá, pero tratamos de no ahondar mucho en el tema; al día siguiente encontré en mi bandeja de entrada un correo titulado “Foto que te comenté... Saludos”. Pinche viejo, fue lo que pensé, y del coraje, la tristeza, la envidia, no lo abrí. Hoy la descubro, descubro la imagen de mi abuelo montando a caballo y al parecer sonríe.

Todos dicen compartir anécdotas con mi abuelo y uno tiene que permanecer erguido, aguantar el llanto y dibujar la sonrisa, no podemos decir ¡Ya cállate, idiota, que no quiero escucharte! Pero si miro un poquito atrás yo también tengo historias que contar de él.

Recuerdo cuando mamá y yo veníamos del súper muy cerquita de la casa y mi abuelo casi se nos cae en cima, se tropezó con el piso de esa cuadra que siempre ha sido un asco, pero las botas lo salvaron, nosotras nos asustamos mucho y le dijimos ¡Cuidado!, él no nos dijo nada y seguimos caminando, mamá y yo ni siquiera nos volteamos a ver, mejor así, total ya casi llegábamos.

También me acuerdo de un día que lo invitamos a comer a la casa, estábamos en la sala platicando y en medio de la conversación mi abuelo dijo “escuchen como me gruñen las tripas”, mi mamá saltó de la vergüenza y lo pasó de inmediato a la cocina, había spaghetti y a mi abuelo le fascinó, llenó de elogios a la señora que trabajaba con nosotros que parecía retorcerse de la emoción y la pena a lado de la estufa .

Tengo muy presente un día que visitó la casa de mi abuelita, platicábamos con él y cuando mi tía Alejandra cruzó la pierna mi abuelo le dijo “sigues teniendo buena pierna”, mi tía también se sonrojó... creo que todos nos sonrojábamos.

Tal vez el recuerdo más viejo es de la exposición que le organizó Yeye Romo en el Teatro Alberto M. Alvarado, nos sentíamos hijos de un artista de cine (y sí, eh), me acuerdo muy bien de cómo iba vestida mi mamá, toda de negro con una capa en tonos café, era rubia en aquel entonces.

Pero las imágenes más presentes se las debo a mi tocaya y a mi abuelita Esperanza. Mi mamá es muy buena para contar historias aunque siempre he pensado que le echa de su cosecha. Antes de que mi abuela muriera tuve la oportunidad de convivir más con ella, comía en su casa todos los miércoles porque mi horario de clases era una locura así que platicábamos mucho solas, siempre me dijo que fue muy feliz con mi abuelo, que no se arrepentía de nada porque aunque pocos, había vivido unos años maravillosos a su lado. Me decía que mi abuelo leía mucho y que cuando terminaba un libro la obligaba a leerlo y le hacía preguntas para comprobar que había entendido, “¡Ay no, y a mi no me gusta leer!” decía mi abuela, lo curioso es que todos los días que llegaba a su casa la veía en la cama leyendo el periódico y con montones de cuadernos de crucigramas en la mesita de junto.

La última vez que hablé con él le pregunté cómo estaba y me dijo "Pues bien flaco", "Ay, pues yo también" le respondí. "Yo también te quiero mucho, mamita. Voy a ir pronto a visitarte a Torreón" así se despidió de mi.

Y pues no, yo no viví muchas cosas con mi abuelo, pero cómo me ha enseñado... más de lo que pude imaginar. Subrayó el amor incondicional que le tuvo mi abuela, y no solo las bondades y generosidad de una hija, sino también de un esposo, mi papá, que simplemente es irreal.

A mi, mi abuelo me ha enseñado mucho del amor.
Gracias abuelo porque así es como tenía que ser. 


















Lucía Olivares

@Olivareslucia

martes, 2 de agosto de 2016

Usted no tiene una puta idea



La gente no tiene una puta idea de lo que es vivir en este cuerpo y esta mente.
No tiene la puta idea de cómo se ven las cosas desde aquí, cómo brillan los colores, cómo raspan las superficies, cómo aturden las palabras, cómo apestan las mañanas, cómo amargan las ciruelas, las uvas y hasta el agua.
Usted no tiene una puta idea de mis planes y mi calendario, puede que las tres de la mañana yo esté despertando y usted deposite su última copa de tinto en el lavaplatos; me quito los zapatos para descansar y usted se los pone para ir a pasear; me pinto los labios para no verme tan mal y usted piensa que es una coqueta que empieza su andar y que una lágrima con una palmada se borra y que el nudito entre los senos en un día se cura, que la sonrisa se tatúa y la piel se depila como por arte de magia.
La gente no tiene la puta idea de lo que es vivir en este cuerpo y esta mente… y agradezco al cuerpo ser tan benevolente, pero ah cabezas nuestras que a veces se golpean fuerte y sin precedente
No tenemos ni la remota idea de lo que brilla en los ojos de cada uno y hemos de vivir juntos para no entendernos, para juzgarnos locos, para querernos y de pronto odiarnos, para empatar un día y no coincidir al rato, para trabajar unidos cuando el resultado favorece a ambos y después vernos las caras cuando el proyecto esté terminado, para compartir un metro y luego añorar estar separados.
No tenemos ni la más vaga idea de qué nos lastima hasta que el dolor recorre cada célula de nuestro cuerpo y empieza a revolvernos la cabeza; no tenemos ni una idea pequeñita de qué nos molesta hasta que sentimos la piel ardiendo y las manos temblorinas; no tenemos ni una puta idea de qué nos encanta hasta que nos convertimos en un inofensivo erizo con los pelos parados… y así, la vida se va en descubrimientos propios y hallazgos ajenos, donde nadie tiene una puta idea de lo que está ocurriendo, pero todos pretendemos entendernos.    
 
 



 

Lucía Olivares
@Olivareslucia

lunes, 30 de mayo de 2016

De apariencias y calificaciones



En nuestra sociedad, calificar a alguien como “gorda” es considerado un insulto, se usa en muchas ocasiones para desprestigiar, para triunfar en medio de una discusión, incluso para restarle puntos a la autoestima de una mujer; sin embargo, decirle a alguien “flaca” puede venir cargando con las mismas intenciones y la misma rudeza, porque al igual que la gordura, se utiliza como desprestigio y rechazo, posicionando al otro como débil y enfermizo.

Hace tiempo que la mujer lucha por cubrir patrones de belleza - que nadie más que ella se ha aferrado a seguir - en la mayoría de los casos es una lucha ridícula contra la genética, contra tu propia naturaleza. A pesar de que los estereotipos estéticos se han ido modificando y ahora, más que delgadez, las mujeres buscan un cuerpo escultural moldeado por el ejercicio,  siempre existirá quien sacrifique constantemente sus antojos para alcanzar el atractivo ideal. Pero las mujeres solemos ser malas competidoras, y malas perdedoras también, porque difícilmente somos capaces de aceptar nuestra condición sin calificar la de nuestras semejantes.

Tengo años recibiendo de la gente la misma expresión, que no acepto como un cumplido, porque sé que no lo es, hace tiempo que escucho un ¡Qué flaca! acompañado de una expresión poco afable y una mirada incómoda; porque no, no todas las mujeres anhelamos y vertimos nuestra energía y nuestro tiempo buscando ser delgadas, existimos algunas que simplemente lo somos, y la anorexia, la bulimia y la vanidad, no son nuestras compañeras.

Este es un mundo de apariencias, en el que definitivamente resulta más sencillo calificar los colores, el peso y el tamaño, que escarbar un poquito dentro de la piel, donde creemos que la grasa te hace simpático y feliz, mientras que los huesos deprimido e insatisfecho; juzgamos a los demás a partir de nuestra propia realidad, sin entender que así como cada cabeza piensa y siente distinto, cada cuerpo actúa y reacciona de forma independiente, que cada cuerpo tiene una historia y memoria también. Hablamos con maestría de la apertura, de la aceptación, de inclusión, luchamos y defendemos causas que incluso nos son ajenas, pero no somos capaces de entender que todas las personas a nuestro alrededor son diferentes, hay quien es alérgico al aguacate, intolerante a la lactosa, amante del chocolate, conversador compulsivo, silencioso y pensativo, rebelde por naturaleza,  gordo o flaco,  y eso ¡qué más nos da!

Este es un mundo de apariencias, y si no nos atrevemos a ver más allá de lo que la vista nos ofrece, seguiremos luchando hasta el cansancio por ser un poquito más flacos o un poquito más gordos.

Y si alguien vuela o se estanca, no es por la ligereza o pesadez de su cuerpo, sino por la dimensión sus pensamientos, 

Lucía Olivares
@Olivareslucia